Sumario. El análisis marxista. Subversión del sentido de la verdad y
violencia. Consecuencias teológicas. Una nueva hermenéutica. Conclusiones
Algunos cristianos, por impaciencia y voluntad de una mayor eficacia han
adoptado el análisis marxista (que tiene fama de “análisis científico”). Sin
embargo, como el marxismo es una concepción totalizante, su método dialéctico
es inseparable del contenido. Es verdad que ha habido interpretaciones y
revisiones del marxismo, pero esas diversas tendencias son incompatibles con el
cristianismo, en la medida en que conservan el ateísmo, la lucha de clases, el
materialismo y el totalitarismo.
La fe de la Iglesia, de la cual no se puede apartar
sin provocar, con la ruina espiritual, nuevas miserias y nuevas esclavitudes,
viene expuesta con plena claridad en el Credo
del pueblo de Dios de Pablo VI: “Confesamos que el Reino de Dios iniciado
aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que
su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilización,
de la ciencia o de la técnica humanas, sino que consiste en conocer cada vez
más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada vez con
más fuerza los bienes eternos, en corresponder cada vez más ardientemente al
Amor de Dios, en dispensar cada vez más la gracia y la santidad entre los
hombres. Es este mismo amor el que impulsa a la Iglesia a preocuparse
constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar de
recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente en este mundo,
los alienta también, en conformidad con la vocación y los medios de cada uno, a
contribuir al bien de su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la
fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a
los más pobres y desgraciados. La intensa solicitud de la Iglesia, Esposa de
Cristo, por las necesidades de los hombres, por sus alegrías y esperanzas, por
sus penas y esfuerzos, nace del gran deseo que tiene de estar presente entre
ellos para iluminarlos con la luz de Cristo y juntar a todos en Él, su único
Salvador. Pero esta actitud nunca podrá comportar que la Iglesia se conforme
con las cosas de este mundo ni que disminuya el ardor de la espera de su Señor y
del Reino eterno”.
La teología es la ciencia, de la Fe. Su punto de partida son las
verdades reveladas por Dios. Y su instrumento ha de ser congruente con ellas.
El materialismo dialéctico e histórico no es un método apto para hacer
teología.
El núcleo ideológico marxista es el principio fundamental y determinante
de las desviadas teologías de la liberación. El análisis marxista es
inseparable de la «praxis» revolucionaria.
La verdad para el marxismo es solamente una verdad de clase, ya que la
estructura fundamental de la historia está marcada por la lucha de clases: no
puede haber neutralidad, objetividad
ni universalidad de la verdad.
De este modo la sociedad estaría constitutivamente fundada sobre la
violencia, ley necesaria. La moralidad se disuelve al servicio de la lucha
política revolucionaria.
Las consecuencias son sumamente nocivas para la vida cristiana. Siendo
la lucha de clases la ley estructural fundamental de la historia, esta ley
dividiría también a la Iglesia. Cuando se afirma que Dios se hace historia, y
se anula con ello toda diferencia entre historia de la salvación e historia
profana del mundo, lo que se está afirmando es simplemente la autorredención
del hombre a través de la lucha de clases.
Toda la fe y la teología vienen subordinadas a la lucha de clases: el
amor fraterno sólo será válido para con el “hombre nuevo” que surgirá de la
revolución victoriosa. Se confunde al pobre
de la Sagrada Escritura con el proletario
de Marx. La Iglesia es iglesia de clase, del pueblo (oprimido), con opción exclusiva por los pobres. Se
rechaza la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia, tal como
Jesucristo la quiso. La Jerarquía y el Magisterio, son vistos como
representantes de la clase dominante. El pueblo sería la única fuente de los
ministerios sagrados. La Eucaristía sería simplemente una celebración del
pueblo en lucha, la fe “fidelidad a la historia”, la esperanza “confianza en el
futuro”, la caridad “opción exclusiva por los pobres”.
Quienes no comparten la “praxis” partidista revolucionaria son
excluidos de todo diálogo, como opresores. No importa la rectitud de la fe
(ortodoxia), sino el compromiso revolucionario (ortopraxis). Y ése sería el
único punto de partida para la Teología. La doctrina social de la Iglesia es
desdeñosamente rechazada, como si fuera sólo un tímido remiendo.
Hay una nueva hermenéutica, una
interpretación ajena a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia;
interpretación materialista y racionalista. Se lleva a cabo una relectura
esencialmente política de la Biblia, desde el relato del Éxodo hasta el Magnificat de Santa María. El Reino de
Dios aparece como de este mundo. Se desconoce así la completa novedad del Nuevo
Testamento; la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; y de
la redención como liberación del pecado, fuente de todos los males. Estos autores
rechazan el Magisterio y la Tradición de la Iglesia, renovando el error
modernista de comienzos de siglo de distinguir entre el “Jesús de la historia”
(simplemente hombre) y el “Jesús de la fe” (divinizado por la primitiva
comunidad cristiana). Los dogmas de fe irían cambiando de contenido según los
cambios de la historia y de la lucha revolucionaria. La misión y la muerte de
Cristo son interpretadas en forma exclusivamente política, negando así la
redención. La lucha de clases se presentaría dentro de la Iglesia como
conflicto entre la Jerarquía y la “base”.
Cuando la autoridad de la Iglesia reprueba los errores de estos falsos
teólogos de la liberación, no está aprobando con ello la injusticia y la
explotación. La Iglesia considera como tarea prioritaria la atención a los más
pobres, y esto ha de hacerse en comunión con los Obispos y el Papa. Los
teólogos han de atenerse a su misión de colaboración leal con el Magisterio de
la Iglesia. Esta es universal, para todos los hombres, teniendo en cuenta “toda
realidad humana, toda injusticia, toda tensión, toda lucha” (Juan Pablo II,
2-VII-1980).
Para remediar las injusticias es necesario emplear medios conformes a
la dignidad humana. La violencia engendra violencia y degrada al hombre, a
quien la sufre y a quien la practica.
La fuente de las injusticias es el corazón de los hombres, que ha de
renovarse por la conversión interior. El “‘hombre nuevo” no viene de la reforma
de las estructuras, sino del Espíritu Santo. Es preciso convertirse a Dios, que
es el Señor de la historia.
No hay que olvidar que millones de nuestros contemporáneos han carecido
de las libertades fundamentales bajo regímenes totalitarios y ateos. Y eso en
nombre de la liberación del pueblo. La complicidad con esas ideologías sería
una verdadera traición a los pobres. La lucha de clases como camino hacia la
sociedad sin clases es un mito, un espejismo.
El verdadero camino para el mejoramiento de la sociedad es apoyarse en
el Evangelio y en su fuerza de realización. Para ello hay que recuperar y
potenciar el valor de la enseñanza social de la Iglesia, abierta a todas las
cuestiones nuevas. Esa enseñanza contiene sólo las grandes orientaciones
éticas. A los laicos, comunes fieles cristianos, corresponde el primer puesto
en su puesta en práctica.
A los Pastores, por su parte, corresponde velar por la calidad y
contenido de la catequesis y de la formación. El mensaje de salvación debe ser
difundido completo y sin amputaciones, hablando de la divinidad de Cristo, la
trascendencia y gratuidad de la liberación en Jesucristo, la soberanía de la
gracia, la verdadera naturaleza de los medios de salvación, y en particular de
la Iglesia y de los sacramentos. No conviene pasar por alto las nociones del
bien y del mal, el pecado y la conversión, el amor fraterno universal. El Reino
de Dios no es político: tiene un contenido específico y se apoya en el destino
trascendente de la persona.
Si los cristianos sabemos ser fieles a la fe, y esmerarnos en el amor a
Dios, seremos, en frase del Papa Pablo VI y de la Conferencia de Puebla, los
constructores de la “civilización del amor”.
Bibliografía
SAGRADA
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la Teología de la
liberación, I-VI.
IBAÑEZ
LANGLOIS; Teología de la liberación y
lucha de clases. págs. 69- 225.
MATEO
SECO; OCARIZ; ¿Qué es la Teología de la
liberación? págs. 5- 33.
No hay comentarios:
Publicar un comentario