XI. Teología de la Liberación (II)



Sumario. El análisis marxista. Subversión del sentido de la verdad y violencia. Consecuencias teológicas. Una nueva hermenéutica. Conclusiones

Algunos cristianos, por impaciencia y voluntad de una mayor eficacia han adoptado el análisis marxista (que tiene fama de “análisis científico”). Sin embargo, como el marxismo es una concepción totalizante, su método dialéctico es inseparable del contenido. Es verdad que ha habido interpretaciones y revisiones del marxismo, pero esas diversas tendencias son incompatibles con el cristianismo, en la medida en que conservan el ateísmo, la lucha de clases, el materialismo y el totalitarismo.

La teología es la ciencia, de la Fe. Su punto de partida son las verdades reveladas por Dios. Y su instrumento ha de ser congruente con ellas. El materialismo dialéctico e histórico no es un método apto para hacer teología.

El núcleo ideológico marxista es el principio fundamental y determinante de las desviadas teologías de la liberación. El análisis marxista es inseparable de la «praxis» revolucionaria.

La verdad para el marxismo es solamente una verdad de clase, ya que la estructura fundamental de la historia está marcada por la lucha de clases: no puede haber neutralidad, objetividad ni universalidad de la verdad.

De este modo la sociedad estaría constitutivamente fundada sobre la violencia, ley necesaria. La moralidad se disuelve al servicio de la lucha política revolucionaria.

Las consecuencias son sumamente nocivas para la vida cristiana. Siendo la lucha de clases la ley estructural fundamental de la historia, esta ley dividiría también a la Iglesia. Cuando se afirma que Dios se hace historia, y se anula con ello toda diferencia entre historia de la salvación e historia profana del mundo, lo que se está afirmando es simplemente la autorredención del hombre a través de la lucha de clases.

Toda la fe y la teología vienen subordinadas a la lucha de clases: el amor fraterno sólo será válido para con el “hombre nuevo” que surgirá de la revolución victoriosa. Se confunde al pobre de la Sagrada Escritura con el proletario de Marx. La Iglesia es iglesia de clase, del pueblo (oprimido), con opción exclusiva por los pobres. Se rechaza la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia, tal como Jesucristo la quiso. La Jerarquía y el Magisterio, son vistos como representantes de la clase dominante. El pueblo sería la única fuente de los ministerios sagrados. La Eucaristía sería simplemente una celebración del pueblo en lucha, la fe “fidelidad a la historia”, la esperanza “confianza en el futuro”, la caridad “opción exclusiva por los pobres”.

Quienes no comparten la “praxis” partidista revolucionaria son excluidos de todo diálogo, como opresores. No importa la rectitud de la fe (ortodoxia), sino el compromiso revolucionario (ortopraxis). Y ése sería el único punto de partida para la Teología. La doctrina social de la Iglesia es desdeñosamente rechazada, como si fuera sólo un tímido remiendo.

Hay una nueva hermenéutica, una interpretación ajena a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia; interpretación materialista y racionalista. Se lleva a cabo una relectura esencialmente política de la Biblia, desde el relato del Éxodo hasta el Magnificat de Santa María. El Reino de Dios aparece como de este mundo. Se desconoce así la completa novedad del Nuevo Testamento; la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; y de la redención como liberación del pecado, fuente de todos los males. Estos autores rechazan el Magisterio y la Tradición de la Iglesia, renovando el error modernista de comienzos de siglo de distinguir entre el “Jesús de la historia” (simplemente hombre) y el “Jesús de la fe” (divinizado por la primitiva comunidad cristiana). Los dogmas de fe irían cambiando de contenido según los cambios de la historia y de la lucha revolucionaria. La misión y la muerte de Cristo son interpretadas en forma exclusivamente política, negando así la redención. La lucha de clases se presentaría dentro de la Iglesia como conflicto entre la Jerarquía y la “base”.

Cuando la autoridad de la Iglesia reprueba los errores de estos falsos teólogos de la liberación, no está aprobando con ello la injusticia y la explotación. La Iglesia considera como tarea prioritaria la atención a los más pobres, y esto ha de hacerse en comunión con los Obispos y el Papa. Los teólogos han de atenerse a su misión de colaboración leal con el Magisterio de la Iglesia. Esta es universal, para todos los hombres, teniendo en cuenta “toda realidad humana, toda injusticia, toda tensión, toda lucha” (Juan Pablo II, 2-VII-1980).

Para remediar las injusticias es necesario emplear medios conformes a la dignidad humana. La violencia engendra violencia y degrada al hombre, a quien la sufre y a quien la practica.

La fuente de las injusticias es el corazón de los hombres, que ha de renovarse por la conversión interior. El “‘hombre nuevo” no viene de la reforma de las estructuras, sino del Espíritu Santo. Es preciso convertirse a Dios, que es el Señor de la historia.

No hay que olvidar que millones de nuestros contemporáneos han carecido de las libertades fundamentales bajo regímenes totalitarios y ateos. Y eso en nombre de la liberación del pueblo. La complicidad con esas ideologías sería una verdadera traición a los pobres. La lucha de clases como camino hacia la sociedad sin clases es un mito, un espejismo.

El verdadero camino para el mejoramiento de la sociedad es apoyarse en el Evangelio y en su fuerza de realización. Para ello hay que recuperar y potenciar el valor de la enseñanza social de la Iglesia, abierta a todas las cuestiones nuevas. Esa enseñanza contiene sólo las grandes orientaciones éticas. A los laicos, comunes fieles cristianos, corresponde el primer puesto en su puesta en práctica.

A los Pastores, por su parte, corresponde velar por la calidad y contenido de la catequesis y de la formación. El mensaje de salvación debe ser difundido completo y sin amputaciones, hablando de la divinidad de Cristo, la trascendencia y gratuidad de la liberación en Jesucristo, la soberanía de la gracia, la verdadera naturaleza de los medios de salvación, y en particular de la Iglesia y de los sacramentos. No conviene pasar por alto las nociones del bien y del mal, el pecado y la conversión, el amor fraterno universal. El Reino de Dios no es político: tiene un contenido específico y se apoya en el destino trascendente de la persona.

Si los cristianos sabemos ser fieles a la fe, y esmerarnos en el amor a Dios, seremos, en frase del Papa Pablo VI y de la Conferencia de Puebla, los constructores de la “civilización del amor”.

La fe de la Iglesia, de la cual no se puede apartar sin provocar, con la ruina espiritual, nuevas miserias y nuevas esclavitudes, viene expuesta con plena claridad en el Credo del pueblo de Dios de Pablo VI: “Confesamos que el Reino de Dios iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la técnica humanas, sino que consiste en conocer cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada vez con más fuerza los bienes eternos, en corresponder cada vez más ardientemente al Amor de Dios, en dispensar cada vez más la gracia y la santidad entre los hombres. Es este mismo amor el que impulsa a la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar de recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente en este mundo, los alienta también, en conformidad con la vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a los más pobres y desgraciados. La intensa solicitud de la Iglesia, Esposa de Cristo, por las necesidades de los hombres, por sus alegrías y esperanzas, por sus penas y esfuerzos, nace del gran deseo que tiene de estar presente entre ellos para iluminarlos con la luz de Cristo y juntar a todos en Él, su único Salvador. Pero esta actitud nunca podrá comportar que la Iglesia se conforme con las cosas de este mundo ni que disminuya el ardor de la espera de su Señor y del Reino eterno”.

Bibliografía
­    SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la Teología de la liberación, I-VI.
­    IBAÑEZ LANGLOIS; Teología de la liberación y lucha de clases. págs. 69- 225.
­    MATEO SECO; OCARIZ; ¿Qué es la Teología de la liberación? págs. 5- 33.

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