Sumario. La crítica marxista de la
religión y su falta de fundamento. El antiteísmo. La religión no se desentiende
de los problemas de este mundo. La crítica marxista de la filosofía sólo es
válida para el idealismo filosófico. La moralidad marxista al servicio
exclusivo de la revolución.
La crítica marxista de las alienaciones concibe como más radical la alienación
económica, sobre la cual se apoyarían todas las demás. La religión sería la
alienación más alta, abstracta y perturbadora de la realidad. Hay que decir que
la crítica marxista de la religión pone de manifiesto un completo
desconocimiento de ésta: todo lo más es el rechazo de una religiosidad externa
y pequeño-burguesa, propia del ambiente que Marx conoció, sin tomar contacto
con una religión verdaderamente vivida. Hay sin embargo, en él preocupación
religiosa, o más bien una transposición de las verdades religiosas a las
realidades materiales y terrenas: la revolución será una salvación, llevada a
cabo por un mesías crucificado (el proletariado), para llegar a un paraíso
futuro (sociedad comunista sin clases).
Lenin y otros marxistas hablan de una “ética
comunista”, que en la etapa revolucionaria es todavía una “moralidad proletaria”
y en la futura sociedad comunista una “genuina moralidad humana”. La “ética comunista”
se contrapone a la “moralidad burguesa”, y está basada en la disciplina, en la
responsabilidad, en la lucha revolucionaria. Bueno es lo que ayuda al triunfo
de la revolución; malo lo que lo dificulta. Sería una moralidad totalmente pragmática,
en la que “el fin (la revolución) justifica los medios (incluyendo la mentira,
el asesinato político, etc.)”. Pero eso no es válido, porque en la realidad los
medios malos no conducen nunca a un fin bueno.
El materialismo histórico marxista no sabe explicar los hechos
auténticamente religiosos; por ejemplo la historia y la religión del pueblo de
Israel, que no tuvo unas condiciones sociales y económicas verdaderamente
distintas de los pueblos vecinos; ni la vida y misión de Cristo, la doctrina
del Evangelio, la expansión de la Iglesia. Son hechos religiosos que no van
acompañados de ningún cambio apreciable en la “estructura” socio-económica.
La crítica de la religión es solamente una reacción frente al Estado
prusiano y su confesionalismo protestante. Pero el contraste entre los
principios religiosos y la mediocridad de la propia vida no constituye ninguna
alienación. Se da siempre en toda vida humana, para las personas que intentan
superarse y poner la conducta al nivel del ideal. Decía Pascal que “el hombre
sobrepasa infinitamente al hombre”. La perfección humana no consiste en
armonizarse con la naturaleza cósmica. El hombre, que tiene un alma espiritual
e inmortal, está muy por encima de la materia.
El ateísmo militante o antiteísmo marxista es un producto “teórico” y
“apriorístico”. Su verificación por la praxis (criterio marxista) sólo podría
darse en la futura y retórica sociedad comunista. Hoy por hoy el ateísmo
marxista es un simple postulado: Dios estorba para poder acometer el proyecto
marxista de divinización atea del hombre. Marx afirma con aplomo que la
religión desaparecerá por sí misma cuando cambien las condiciones
económico-sociales. Pero los marxistas no parece que hayan estado muy convencidos,
al combatir a la religión, y concretamente al cristianismo, utilizando todos
los medios a su alcance. Los marxistas genuinos puede que modifiquen sus
doctrinas económicas, pero no su ateísmo.
Los estudios de historia de las religiones han mostrado hasta la
saciedad que el hecho religioso es universal: de todas las épocas, culturas y
lugares. Si fuera algo tan absurdo como lo que Marx describe, ese hecho no se
produciría con esas características. Más bien la religión es natural al ser
humano, como expresión de su religación originaria con Dios. La mera alienación
económica jamás podría producir una religión, ni siquiera en sus formas más
deterioradas, si el hombre no fuera naturalmente religioso.
La vida humana sin Dios carece de sentido. ¿Qué dignidad, por ejemplo,
tiene el trabajo humano en un horizonte solamente material?, ¿para qué esforzarse,
si la muerte terminará pronto con todo? El materialismo envilece a la persona
humana y a todos sus logros y cierra los ojos ante los interrogantes últimos y más
profundos de la vida.
Además no es verdad que la religión enseñe sólo a los pobres sus
deberes (resignación). Enseña a todos, pobres y ricos sus deberes y sus
derechos. El creyente no tiene por qué ser pasivo ante los problemas de este
mundo; precisamente porque sabe que su destino en la otra vida depende
directamente de cómo haya practicado el bien en esta vida terrena.
La acusación de refugiarse en un mundo irreal la dirige el marxismo
análogamente contra la filosofía. Pero no es verdad. Solamente una filosofía
racionalista o idealista se aparta de la realidad. Y para pretender rechazar la
filosofía es también necesario, de algún modo, hacer filosofía. Es un prejuicio
infundado pensar que lo real sólo se nos ofrece en la experiencia de los
sentidos. El marxismo llama “idealismo” a todo lo que no es materialismo. La
mayor parte de las filosofías (que buscan conocer la realidad en profundidad)
no son ni materialistas ni idealistas. La inteligencia humana tiene una dimensión
filosófica insoslayable: y la filosofía es capaz de estudiar y de criticar sus
propios errores.
El marxismo constituye una “metafísica de clase”. Si bien la verdad no
es monopolio de ninguna clase o grupo social, las deformaciones de la verdad sí
que traslucen con claridad los condicionamientos mentales (en este caso la
estrechez del esquema de la “lucha de clases”). Esta ideología se caracteriza
por su parcialidad y fanatismo. Pretende ser “la verdad”, la “verdad
científica”, con una especie de monopolio que no se fundamenta racionalmente.
En íntima relación con la filosofía está la moralidad. Para Marx no hay
verdades eternas, principios éticos absolutos. La moralidad depende totalmente
del devenir histórico, y refleja los intereses de clase. Engels afirma que los
principios y leyes éticos dependen de la infraestructura económica, del régimen
de la propiedad privada y la producción. Pero no es que cambien las normas
morales, sino la realidad a que se aplican. Así por ejemplo las normas morales
sobre la usura sigue siendo las mismas que en la Edad Media: lo que ha cambiado
son las instituciones bancarias y la razón de ser del interés monetario; un
cambio de circunstancias. Las variaciones en la aplicación y aun las mismas
fallas que se producen, muestran por contraste la universalidad de la ley
moral.
Hay una ley moral universal, que se presenta como un imperativo categórico
a la conciencia de cada uno: ej.: no mentir, no matar.
Bibliografía
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