IV. Religión, filosofía, moralidad



Sumario. La crítica marxista de la religión y su falta de fundamento. El antiteísmo. La religión no se desentiende de los problemas de este mundo. La crítica marxista de la filosofía sólo es válida para el idealismo filosófico. La moralidad marxista al servicio exclusivo de la revolución.


La crítica marxista de las alienaciones concibe como más radical la alienación económica, sobre la cual se apoyarían todas las demás. La religión sería la alienación más alta, abstracta y perturbadora de la realidad. Hay que decir que la crítica marxista de la religión pone de manifiesto un completo desconocimiento de ésta: todo lo más es el rechazo de una religiosidad externa y pequeño-burguesa, propia del ambiente que Marx conoció, sin tomar contacto con una religión verdaderamente vivida. Hay sin embargo, en él preocupación religiosa, o más bien una transposición de las verdades religiosas a las realidades materiales y terrenas: la revolución será una salvación, llevada a cabo por un mesías crucificado (el proletariado), para llegar a un paraíso futuro (sociedad comunista sin clases).

El materialismo histórico marxista no sabe explicar los hechos auténticamente religiosos; por ejemplo la historia y la religión del pueblo de Israel, que no tuvo unas condiciones sociales y económicas verdaderamente distintas de los pueblos vecinos; ni la vida y misión de Cristo, la doctrina del Evangelio, la expansión de la Iglesia. Son hechos religiosos que no van acompañados de ningún cambio apreciable en la “estructura” socio-económica.

La crítica de la religión es solamente una reacción frente al Estado prusiano y su confesionalismo protestante. Pero el contraste entre los principios religiosos y la mediocridad de la propia vida no constituye ninguna alienación. Se da siempre en toda vida humana, para las personas que intentan superarse y poner la conducta al nivel del ideal. Decía Pascal que “el hombre sobrepasa infinitamente al hombre”. La perfección humana no consiste en armonizarse con la naturaleza cósmica. El hombre, que tiene un alma espiritual e inmortal, está muy por encima de la materia.

El ateísmo militante o antiteísmo marxista es un producto “teórico” y “apriorístico”. Su verificación por la praxis (criterio marxista) sólo podría darse en la futura y retórica sociedad comunista. Hoy por hoy el ateísmo marxista es un simple postulado: Dios estorba para poder acometer el proyecto marxista de divinización atea del hombre. Marx afirma con aplomo que la religión desaparecerá por sí misma cuando cambien las condiciones económico-sociales. Pero los marxistas no parece que hayan estado muy convencidos, al combatir a la religión, y concretamente al cristianismo, utilizando todos los medios a su alcance. Los marxistas genuinos puede que modifiquen sus doctrinas económicas, pero no su ateísmo.

Los estudios de historia de las religiones han mostrado hasta la saciedad que el hecho religioso es universal: de todas las épocas, culturas y lugares. Si fuera algo tan absurdo como lo que Marx describe, ese hecho no se produciría con esas características. Más bien la religión es natural al ser humano, como expresión de su religación originaria con Dios. La mera alienación económica jamás podría producir una religión, ni siquiera en sus formas más deterioradas, si el hombre no fuera naturalmente religioso.

La vida humana sin Dios carece de sentido. ¿Qué dignidad, por ejemplo, tiene el trabajo humano en un horizonte solamente material?, ¿para qué esforzarse, si la muerte terminará pronto con todo? El materialismo envilece a la persona humana y a todos sus logros y cierra los ojos ante los interrogantes últimos y más profundos de la vida.

Además no es verdad que la religión enseñe sólo a los pobres sus deberes (resignación). Enseña a todos, pobres y ricos sus deberes y sus derechos. El creyente no tiene por qué ser pasivo ante los problemas de este mundo; precisamente porque sabe que su destino en la otra vida depende directamente de cómo haya practicado el bien en esta vida terrena.

La acusación de refugiarse en un mundo irreal la dirige el marxismo análogamente contra la filosofía. Pero no es verdad. Solamente una filosofía racionalista o idealista se aparta de la realidad. Y para pretender rechazar la filosofía es también necesario, de algún modo, hacer filosofía. Es un prejuicio infundado pensar que lo real sólo se nos ofrece en la experiencia de los sentidos. El marxismo llama “idealismo” a todo lo que no es materialismo. La mayor parte de las filosofías (que buscan conocer la realidad en profundidad) no son ni materialistas ni idealistas. La inteligencia humana tiene una dimensión filosófica insoslayable: y la filosofía es capaz de estudiar y de criticar sus propios errores.

El marxismo constituye una “metafísica de clase”. Si bien la verdad no es monopolio de ninguna clase o grupo social, las deformaciones de la verdad sí que traslucen con claridad los condicionamientos mentales (en este caso la estrechez del esquema de la “lucha de clases”). Esta ideología se caracteriza por su parcialidad y fanatismo. Pretende ser “la verdad”, la “verdad científica”, con una especie de monopolio que no se fundamenta racionalmente.

En íntima relación con la filosofía está la moralidad. Para Marx no hay verdades eternas, principios éticos absolutos. La moralidad depende totalmente del devenir histórico, y refleja los intereses de clase. Engels afirma que los principios y leyes éticos dependen de la infraestructura económica, del régimen de la propiedad privada y la producción. Pero no es que cambien las normas morales, sino la realidad a que se aplican. Así por ejemplo las normas morales sobre la usura sigue siendo las mismas que en la Edad Media: lo que ha cambiado son las instituciones bancarias y la razón de ser del interés monetario; un cambio de circunstancias. Las variaciones en la aplicación y aun las mismas fallas que se producen, muestran por contraste la universalidad de la ley moral.

Hay una ley moral universal, que se presenta como un imperativo categórico a la conciencia de cada uno: ej.: no mentir, no matar.

Lenin y otros marxistas hablan de una “ética comunista”, que en la etapa revolucionaria es todavía una “moralidad proletaria” y en la futura sociedad comunista una “genuina moralidad humana”. La “ética comunista” se contrapone a la “moralidad burguesa”, y está basada en la disciplina, en la responsabilidad, en la lucha revolucionaria. Bueno es lo que ayuda al triunfo de la revolución; malo lo que lo dificulta. Sería una moralidad totalmente pragmática, en la que “el fin (la revolución) justifica los medios (incluyendo la mentira, el asesinato político, etc.)”. Pero eso no es válido, porque en la realidad los medios malos no conducen nunca a un fin bueno.

Bibliografía
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