VIII. Marxismo y fe cristiana



Sumario. El ateísmo es el principio fundamental del marxismo. El antiteísmo marxista es una corrupción y una especie de sustitutivo de la religión. El Magisterio de la Iglesia ha reprobado expresamente los errores del marxismo. Raíces morales del marxismo.

En el marxismo el ateísmo no es un detalle incidental, sino un punto de partida y un postulado fundamental.

Incluso el método dialéctico es ateo en cuanto tal: utilizando ese método no hay lugar para un ser absoluto, no dialéctico, inmutable, sin negatividad ni contradicción (Dios).

A la vez, sin, embargo, alienta en el marxismo un aliento pseudo-religioso: hay una especie de profecía del futuro, de redención humana, de “fe” antirreligiosa. El hombre es categóricarnente afirmado, en la medida en que Dios es negado. El hombre se autocrea, se autorredime y se auto-premia. “Homo homini Deus”: el hombre es dios para el hombre. Todo esto se explica por los préstamos, no reconocidos, del judaísmo y del cristianismo. Hay una visión mesiánica del mundo, pero atea y materialista.

El marxismo es diametralmente opuesto al cristianismo, y casi nunca lo ha ocultado, con su crítica de la religión y su antiteísmo militante. El Magisterio de la Iglesia ha condenado expresa y repetidamente la ideología marxista, como opuesta a las verdades reveladas por Dios.

La encíclica Divini Redemptoris (1937) de Pío XI es el documento principal que expone la enseñanza de la Iglesia acerca del marxismo y el comunismo, reiterada después por otros Romanos Pontífices: “el comunismo bolchevique y ateo tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos de la civilización cristiana”.

“El comunismo de hoy, de modo más acentuado que otros movimientos similares del pasado, contiene en sí una idea de falsa redención. Un pseudo-ideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo impregna toda su doctrina y toda su actividad con cierto falso misticismo...” (n. 8).

“La doctrina, que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras, se funda hoy esencialmente en los principios del materialismo, llamado dialéctico e histórico, ya proclamados por Marx y cuya genuina interpretación pretenden poseer los teorizantes del bolchevismo. Esta doctrina entraña que no existe más que una sola realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el animal, el hombre son el resultado de su evolución. La misma sociedad humana no es sino una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del modo dicho y que por ineludible necesidad tiende, en su perpetuo conflicto de fuerzas, hacia la síntesis final: una sociedad sin clases” (n. 9).

“En semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida” (n. 9).

“¿Qué sería la sociedad humana basada sobre fundamentos materialistas? Sería una colectividad sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría como única misión la de producir bienes por medio del trabajo colectivo y como único fin el goce de los bienes de la tierra en un paraíso en el que cada cual daría según sus fuerzas y recibiría según sus necesidades. El comunismo reconoce a la colectividad el derecho, o más bien el arbitrio ilimitado de obligar a los individuos al trabajo colectivo, sin atender a su bienestar particular, aun contra su voluntad y hasta con la violencia. En esa sociedad, tanto la moral como el orden jurídico ya no serían sino una emanación del sistema caduco. En una palabra: se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega: una humanidad sin Dios” (n. 12).

“El comunismo es, por naturaleza, antirreligioso y considera la religión como el opio del pueblo, que, hablando de la vida de ultratumba, impide que el proletario aspire a la conquista del paraíso soviético, que es de este mundo” (n.22).

Entre los documentos del magisterio de Pío XII referentes al comunismo, pueden destacarse dos radiomensajes de Navidad, el de 1942 y el de 1955: “Movida siempre por motivos religiosos, la Iglesia ha condenado los varios sistemas del socialismo marxista, y los condena también hoy, porque es su deber y derecho permanente preservar a los hombres de corrientes e influencias que ponen en peligro su salvación eterna”.

“La equivocada creencia que lleva a fundar la salvación en el siempre creciente proceso de la producción social es una superstición, acaso la única de nuestro racionalista tiempo industrial; pero también la más peligrosa, puesto que parece considerar imposibles las crisis económicas, que llevan consigo el peligro de una vuelta a la dictadura. Además, esa superstición no es tampoco apta para elegir un sólido baluarte contra el comunismo, puesto que ella es compartida por el comunismo y también por no pocos de la parte no comunista. Nosotros rechazamos el comunismo como sistema social en virtud de la doctrina cristiana y debemos afirmar particularmente los fundamentos del derecho natural. Por la misma razón rechazamos igualmente la opinión de que el cristiano deba hoy ver el comunismo como un fenómeno o una etapa, como necesario momento evolutivo de la misma y, por consiguiente, aceptarlo como decretado por la Providencia divina”.

En el corto pontificado de Juan XXIII (1958-1963) se registran medidas prácticas contra el comunismo, como la decisión del 4-IV-1959 sobre la no licitud para los católicos de dar su voto a los comunistas y a sus aliados políticos.

Pablo VI ha tocado este punto en cuatro documentos principalmente:

“Estas son las razones que nos obligan, como han obligado a nuestros predecesores -y con ellos a cuantos estiman los valores religiosos- a condenar los sistemas ideológicos que niegan a Dios y oprimen a la Iglesia, sistemas identificados frecuentemente con regímenes económicos, sociales y políticos, y entre ellos, especialmente, el comunismo ateo” (Enc. Ecclesiam suam, n.75).

“La Iglesia no se adhirió y no puede adherirse a movimientos sociales, ideológicos y políticos que, trayendo su origen y su fuerza del marxismo, han conservado sus principios y sus métodos negativos por la concepción incompleta propia del marxismo, radical y por lo mismo falsa del hombre, de la historia y del mundo. El ateísmo que aquél profesa y  promueve no favorece la concepción científica del cosmos y de la civilización, sino que es una ceguera que el hombre y la sociedad pagan al fin con las más graves  consecuencias. El materialismo que se deriva de aquél expone al hombre a experiencias y a tentaciones sumamente nocivas, apaga su auténtica espiritualidad y su trascendente esperanza” (Alocución del 22-V-1966, en el 75º aniversario de la Rerum novarum). 

“Toda acción social implica una doctrina. El cristiano no puede admitir la que supone una filosofía materialista y atea que no respeta ni la orientación de la vida hacia su fin último, ni la libertad ni la dignidad humana” (Enc. Populorum progressio, n. 39).

“El cristiano que quiere vivir en una acción política concebida como servicio, tampoco puede adherirse sin contradicción a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en los puntos sustanciales a su fe y a su concepción del hombre: ni a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia del hombre y a su historia personal y colectiva. (…) La fe cristiana se sitúa por encima y a veces en oposición a las ideologías, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela, a través de todos los niveles de lo creado, al hombre como libertad responsable”(Carta Apostólica Octogessima adveniens)

El Papa Juan Pablo II ha escrito: “es evidente que el materialismo, incluso en su forma dialéctica, no es capaz de ofrecer a la reflexión sobre el trabajo humano bases suficientes y definitivas, para que la primacía del hombre sobre el instrumento-capital, la primacía de la persona sobre las cosas, pueda encontrar en él una adecuada e irrefutable verificación y apoyo. También en el materialismo dialéctico el hombre no es ante todo sujeto del trabajo y causa eficiente del proceso de producción, sino que es entendido y tratado como dependiendo de lo que es material, como una especie de resultante de las relaciones económicas y de producción predominantes en una determinada época” (Enc. Laborem exercens, n. 13).       

La caída de los regímenes comunistas europeos ha de ser motivo de profundo análisis y reflexión. “Mientras el marxismo consideraba que, únicamente llevando hasta el extremo las contradicciones sociales, era posible darles solución por medio del choque violento, en cambio las luchas que han conducido a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas las vías de negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana” (Enc. Centesimus annus, n. 23)

El cristianismo se centra en el misterio de Cristo: Dios hecho hombre, redentor, juez y rey del universo. Y busca, como afirmaba ya San Pablo, instaurar todas las cosas en Cristo.
En cambio, el marxismo es heredero del mito dieciochesco y decimonónico del progreso humano irrevocable. El hombre se autodiviniza por su esfuerzo trabajador y revolucionario, no por la ayuda recibida de Dios. El hombre es productor de sí mismo, autogenerador y mejorador de su naturaleza (aunque las personas singulares desaparezcan). La creación es sustituida por la evolución de la materia y la autorrealización dialéctico-histórica del hombre. El pecado es sustituido por la alienación, que no es fruto de la libertad humana, sino de las estructuras sociales en las que el hombre “se pierde”. La salvación cristiana es sustituida por la revolución, por la que el hombre “se salva” a sí mismo, al cambiar radicalmente las estructuras. El proletariado es el “pueblo elegido”, que lucha por instaurar un reino de verdad y justicia en la única tierra prometida que es ésta. El proletariado revolucionario, abatido y luego exaltado, resulta en el fondo una parodia de Cristo Redentor. El paraíso comunista será, en fin, una comunidad definitiva de hombres desalienados.

Marx rechaza la religión, al catalogarla como una completa alienación, enteramente inaceptable. Sin embargo el cristiano que conoce bien su fe esté en óptima situación para comprender el error marxista: como quien tiene el modelo puede entender bien sus copias deformadas o caricaturescas.

El ateísmo marxista-leninista es la forma más acabada, activa y religiosa de ateísmo que haya alcanzado existencia cultural en la historia: una fe al revés, una religión cabeza abajo (Ibañez Langlois). A la materia se le asignan rasgos divinos: autosuficiencia, eternidad, infinitud, omnisciencia, omnipotencia. Y esta antirreligión tiene también un “magisterio infalible”, que fundamenta una “fe” atea: “Creo en la materia, eterna, infinita, inacabable, omnipresente; creo en la dialéctica y sus leyes supremas. Creo en la meta de su evolución, el paraíso terreno de la sociedad sin clases. Creo en la conciencia del proletariado; creo en Marx, Engels y Lenín, por quienes esta conciencia se nos ha revelado; creo en la infalibilidad del comité central del partido” (Ibañez Langlois).

La raíz moral es la orgullosa pretensión de la autosuficiencia humana, que se engaña ante aquella primera y repetida tentación de Satanás: “Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Toda una ideología se configura como “aversión a Dios y conversión a las cosas humanas”.

Bibliografía
­    S.S. PÍO XI, Encíclica  Divini Redemptoris.
­    S.S. PABLO VI, Encíclica Ecclesiam suam.
­    S.S. PABLO VI, Alocución del 22-V-1966, en el 75º aniversario de la Rerum novarum.
­    S.S. PABLO VI, Encíclica Populorum progressio.
­    S.S. PABLO VI, Carta Apostólica Octogessima adveniens.
­    S.S. JUAN PABLO II. Enc. Laborem exercens.
­    S.S. JUAN PABLO II. Enc. Centesimus annus.
­    IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 323-363.
­    SHEED; op. cit., págs. 143-185.
­    CALVEZ; op. cit., págs. 644-668.
­    OCARIZ; op. cit., págs. 207-219.

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