INTRODUCCIÓN



INTRODUCCIÓN
CRÍTICA AL MARXISMO
Rafael María de Balbín

      Con el término marxismo se designa no solamente la doctrina filosófica y político-económica de Karl Marx, sino también el cumplimiento, el desarrollo, la revisión y la crítica inmanente que lo han caracterizado, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. El punto de partida del pensamiento de Marx (1818-1883) es la crítica a la filosofía de Hegel sobre las bases de L, Feuerbach, es decir, la inversión del idealismo en el materialismo histórico, como estudio científico de la historia en cuanto lugar concreto de realización de la humanidad. En este contexto se reconoce al hombre como existencia social que, a través del trabajo y de la asunción consciente y colectiva de su destino, puede transformar su condición de vida eliminando aquellos elementos que la alienan. A través del estudio de la economía clásica, Marx llega a señalar la base material y económica de la sociedad y de la historia humana (estructura) que determina el conjunto de las ideas y de las instituciones religiosas, filosóficas, políticas de una época (superestructura); analiza sus contradicciones a nivel económico y social (el conflicto entre el capital y e1 proletariado) e indica en el proletariado la fuerza que −a través de la lucha de clase− guía a la sociedad hacia una evolución definitiva. De este modo el proceso histórico se concibe como un desarrollo dialéctico unitario, que tiene su resorte en la contradicción (caracterizada en las fuerzas productivas y en las relaciones de producción), y su meta final en el comunismo, como organización social en la que se unirán la teoría y la praxis y donde, una vez eliminadas la alienación económica, se llevará a cabo el verdadero humanismo”
                                                                                                                         P. CODA

El Materialismo Dialéctico, que puede ser cualquier otra cosa, es sin duda la filosofía más relamida y oportunista que una casta dominadora haya adoptado jamás para fines políticos. Descubre una lógica espúrea en las más alarmantes inconsistencias. En el Materialismo Dialéctico hay algo de monstruoso. Explota para acabar con la explotación. Escarnece los valores humanos elementales en nombre de la Humanidad. Fortalece nuevas clases para alcanzar una sociedad sin clases. En una palabra, presume ser tan implacable como la Historia, en lugar de oponer sus sueños y sus esperanzas a la dureza de la Historia”.
                                                                                                                     E. LYONS

I. Marx y el marxismo



Sumario. Importancia del marxismo. Vida y obras de Karl Marx. El liberalismo y los abusos del capitalismo. El socialismo revolucionario. Precedentes filosóficos del marxismo: positivismo, evolucionismo, hegelianismo, izquierda hegeliana. El marxismo: materialismo dialéctico e histórico.


Con el nombre de marxismo, entendemos el sistema de pensamiento ideado por Karl Marx, con la ayuda de Federico Engels, que ha influido mucho en el pensamiento y en la sociedad desde mediados del siglo XIX. Más tarde este sistema fue continuado por Lenín (marxismo-leninismo), así como por Stalin, Mao-Tse-Tung, etc. Además de los partidos comunistas, hay también numerosos pensadores socialistas democráticos, que aceptan en parte los principios del marxismo.

El influjo del marxismo se ha dado no solamente en las ideas, sino en la vida práctica. Pues a lo largo de la mayor parte del siglo XX, y con supervivencias en los comienzos del siglo XXI,  muchos millones de personas han sufrido en diversos países la privación de los derechos humanos más elementales bajo regímenes comunistas, y otros han tenido que padecer las consecuencias de la violencia revolucionaria y del materialismo marxista. El marxismo no es, simplemente, un sistema económico entre otros, sino una filosofía, una ideología, una “cosmovisión” (concepción completa del mundo, del hombre y de la vida).

Karl Marx nació el 5-V-1818 en Tréveris (Renania, Alemania). Sus padres pertenecían a la clase media y eran de raza judía. Abrazaron el protestantismo, parece que por conveniencia. Marl Marx estudió en el gimnasio de Tréveris, en la Universidad de Bonn (Leyes) y en la Universidad de Berlín, donde todavía conservaba mucho prestigio e influjo el filósofo Hegel. En 1838 hizo su tesis doctoral sobre el materialismo de Epicuro. En 1841 la presentó en la Universidad de Jena. En esta tesis aparece ya su concepción materialista de la vida, y su rechazo de la religión (al inicio de su obra puso las palabras del “Prometeo” de Esquilo: “En una palabra, odio a todos los dioses”). Por esas fechas se entusiasma con la filosofía materialista de Feuerbach. En 1842 se dedica al periodismo en Colonia, pero al poco tiempo tiene que dejarlo y abandonar Alemania. Trata de continuar su periódico en Paris, pero tiene también que dejarlo, por dificultades financieras. De 1843 a 1846 se dedica en Paris a los estudios de Historia, Economía y Política. Conoció a los anarquistas Bakunin y Proudhon. Tuvo gran amistad y trabajó con Federico Engels en la publicación de sus libros y en la promoción de proyectos revolucionarios. En 1848 publica el Manifiesto del partido comunista. En 1859 la Crítica de la economía política. En 1867 El Capital. Fue expulsado de París y en Inglaterra funda en 1864 la Primera Internacional (Asociación Internacional de Trabajadores). El 14 de marzo de 1883 muere en Londres, en la miseria, sin haber logrado terminar su máxima obra: El Capital.

En aquella época imperaba, en Renania y en toda Europa, el liberalismo político: proclamación de la completa libertad de cada individuo frente al Estado, declaración de los derechos del hombre, soberanía popular. En nombre de la libertad de los ciudadanos el Estado no interviene en los problemas de la sociedad, y se producen gravísimas injusticias. Aunque la burguesía ha realizado una revolución política contra la antigua aristocracia, hay en ésta época una profunda depresión social: la revolución industrial ha producido concentración de capital y la aparición de una legión de obreros que trabajan en condiciones inhumanas, con míseros salarios y sin posibilidad de sindicalizarse.

El marxismo denuncia estas injusticias, como otras personas e ideologías de la época, pero va más allá: más que remediar injusticias concretas le interesa realizar la revolución total. Crítica a los otros socialismos de la época, a los que llama “utópicos o reformistas”, proponiendo por su parte un socialismo “científico”. Entra en pugna, con los movimientos obreristas contemporáneos, rechazando el reformismo y también el anarquismo.

La crítica de los abusos capitalistas y de la miseria proletaria se lleva a cabo dentro de una ideología totalizante y ambiciosa; se rechaza la apropiación individual de las mercancías industriales, ya que su producción es colectiva. Y se afirma que la inexorable concentración del capital lo lleva a su propia ruina.

El ambiente intelectual es por aquel entonces positivista y materialista: Augusto Comte reduce todas las ciencias a la ciencia experimental que permitirá un progreso irreversible para la humanidad, Charles Darwin y Hubert Spencer afirmarán el origen evolucionista, a partir de la materia, del hombre y aun de toda la realidad.

Es notable la influencia en el marxismo de varias construcciones filosóficas anticristianas: de Strauss (la religión es un mito), de Bauer (la religión es “la desgracia del mundo”), de Feuerbach (la religión es una creación del hombre). Destaca especialmente el influjo de Hegel, quien realizó una construcción idealista de vastas proporciones; habla de un Absoluto, de apariencia religiosa, pero sin dogma, moral, culto ni iglesia. Toda la realidad es para él un movimiento único y total de la Razón (creaciones culturales de la humanidad), al término del cual se encuentra el Espíritu Absoluto. Ese movimiento se lleva a cabo a golpe de contradicciones (dialéctica) y tiene tres fases que se van repitiendo constantemente: tesis, antítesis y síntesis. Toda la realidad sería un producto de esa Razón supraindividual, que estaría dotada de un dinamismo propio y no recibido de nadie.

Feuerbach, Bauer y Strauss critican a Hegel con ideas radica1es materialistas y ateas. Constituyen la llamada “izquierda hegeliana”. Pero más radical será todavía el pensamiento de Karl Marx: hay que tener en mente la actividad sensorial y el trabajo humano (transformación humana de la naturaleza). La dialéctica se lleva a cabo en la materia, no en un pretendido Espíritu Absoluto. Hegel se queda en la construcción intelectual y teórica. Hay que ir al terreno práctico; de la historia, de la sociedad. Y advertir las alienaciones que rebajan al hombre. Marx dirá: “los filósofos han estudiado la realidad, nosotros queremos cambiarla”. E impulsará una dialéctica real, una praxis que transforma la sociedad y la historia. Todo ello a partir de una crítica de la situación socio-económica del momento.

Las diversas alienaciones de la sociedad capitalista (religión, filosofía, propiedad privada, etc.) serán presentadas como engaños, encubridores de la explotación. El remedio que se ofrece es una visión científica, pero llena de entusiasmo, de la persuasión de haber llegado al momento culminante de la historia: se confía en una evolución incesante, en el poder de la razón humana científica y técnica, en un nuevo humanismo del trabajo productivo. Se piensa tener la secreta clave para resolver los problemas de la humanidad y darles definitiva solución. La ideología marxista ha trabajado intensamente para lograr el paraíso comunista, la sociedad sin clases. Sus armas han sido diversas, según las diversas sociedades, para desarrollar la táctica de la revolución. Como etapa necesaria se ofreció la dictadura del proletariado, a la cual habría de llegarse utilizando todos los medios posibles, exasperando hasta la ruptura los conflictos sociales, influyendo a través de la educación, etc. Cuando ha sido necesario el comunismo marxista se ha presentado como partido democrático, buscando la vía democrática al poder (vía democrática para que el poder deje de ser democrático). Se ha actuado dentro o fuera de la ley, según conviniera. El marxismo revolucionario se proclama salvador y lo promete todo; porque si triunfa nadie podrá reclamarlo. Cuando triunfe la táctica comienza la estrategia: la exportación de la revolución a otros países.

Bibliografía
­    IBAÑEZ LANGLOIS, JOSÉ MIGUEL; El marxismo: visión crítica. Ed. Rialp, 2a. ed., Madrid, 1973, págs. 9-56.
­    MCFADDEN, CHARLES; La filosofía del comunismo. Ed. Sever-Cuesta, Valladolid, 1961, págs. 3-27.
­    SHEED, FRANK J.; Comunismo y hombre. Ed. Palabra, Madrid, 1981, págs. 11-43.
­    WETTER, G.A.; LEONHARD, W.; La ideología soviética. Ed. Herder, 2a. ed., Barcelona, 1973, págs.17-31.
­    OCARIZ, FERNANDO. El marxismo: teoría y práctica de una revolución. Ed. Palabra. Madrid, 1977, págs. 1-101.
­    CALVEZ, JEAN-YVES. El pensamiento de Carlos Marx. Ed. Taurus. Madrid, 1966, págs. 9-34.
­    PIETTRE, ANDRÉ. Marx y marxismo. Ed. Rialp. Madrid, 1977, págs. 11-29.
­    GÓMEZ PÉREZ, RAFAEL. El humanismo marxista. Ed. Rialp. Madrid, 1977, págs. 17-173.

II. El Materialismo dialéctico



Sumario. Una explicación íntegramente materialista de la realidad. La dialéctica y sus  fases: tesis, antítesis y síntesis. Leyes de la dialéctica. Crítica de la dialéctica.


Desde fines del siglo XVIII la humanidad ha presenciado un acelerado cambio de sus condiciones de vida: ha habido importantes descubrimientos científicos y tecnológicos. Se ha abierto una nueva era a través de la investigación científica, la exploración del espacio, los sorprendentes avances de la cibernética. A la vez la ciencia del siglo XX fue aprendiendo a tener una conciencia más clara de sus limitaciones, cosa que no tenía la ciencia del siglo XIX, y en concreto Marx y Engels, cuando idearon el materialismo dialéctico, sistema de gran rigidez y dogmatismo, que trata de explicar en su conjunto el universo material. El análisis marxista de la realidad se auto-presenta como científico, necesario, ineludible. Las alienaciones, que rebajan al hombre, se producirían inexorablemente para ser también inexorablemente suprimidas por la revolución. El capitalismo se hundiría por sí mismo, para dar lugar a la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases.

Parece haber una cierta evolución en el pensamiento marxista. Inicialmente todavía aparece como una protesta ante las injusticias, como un cierto humanismo, como una exhortación a las iniciativas personales. Pero muy pronto se ve que las leyes férreas de la dialéctica de la materia lo gobiernan todo. Y que no queda lugar para la acción de la libertad de la persona.

Quien formuló en detalle el materialismo dialéctico fue Federico Engels. Toda la realidad sería una manifestación de la materia. No hay lugar para el espíritu. El hombre es, en su totalidad, un producto de la naturaleza: “El movimiento del pensamiento no es más que la reflexión del movimiento real, transferido y transpuesto al cerebro del hombre”. No hay más conocimientos y realidades que los materiales.

Se trata, pues, de un materialismo absoluto, que lo abarca todo. La materia se bastaría a si misma: eterna y autodinámica. El hombre procedería completamente por evolución, a partir de las fuerzas de la materia. La materia es, además, dialéctica. Esto quiere decir que está formada por contradicciones internas, conflictos de aspectos contrarios, por ejemplo: electricidad positiva y negativa, acción y repulsión, macho y hembra, burguesía y proletariado. Un aspecto cualquiera de la realidad (tesis) vendría negado por su contrario (antítesis) y este sería superado a su vez por una nueva negación (síntesis). La contradicción  sería condición  necesaria del progreso. De vez en cuando ocurrirían saltos cualitativos: se pasaría de la vida vegetal a la animal, y de ésta a la humana. Y la dialéctica explicaría también todas las transformaciones de la sociedad. La dialéctica se llevaría a cabo mediante tres leyes: que la realidad esté compuesta de aspectos contradictorios (ley de los contrarios), que un ser en movimiento progrese necesariamente hacia su propia negación (ley de la negación), y que un desenvolvimiento cuantitativo y continuo en una realidad termina con frecuencia por producir una forma enteramente nueva (ley de la transformación). Esta dialéctica es la aplicación a la materia de lo que Hegel afirmaba acerca del Espíritu Absoluto.

Pero lo que tenía cierto sentido aplicado a la lógica en Hegel, no lo tiene ya aplicado a la materia. En el pensamiento puede haber contradicciones entre el absoluto ser, y el absoluto no-ser. En la realidad no, ya que en ella sólo se da el ser, y el no ser no es nada. La materia no es ni puede ser dialéctica: en ella no hay aspectos contradictorios, sino solamente contrarios. Atribuir a la materia cualidades espirituales, e incluso divinas es forjar un mito, que fue cuidadosamente definido por el pensamiento de Lenin y Stalin, el partido comunista soviético, chino o cubano.

Es bien conocido el ejemplo que pone Engels: un grano de cebada solamente produce la nueva planta si es sembrado y se pudre. Hay, pues, una semilla (tesis), su destrucción (antítesis) y la planta nueva (síntesis).

Esta teoría dialéctica no explica, en realidad, nada, acerca del cambio. La mera destrucción no produce el progreso. Y, si no, hagamos la prueba: quememos la semilla de cebada o sumerjámosla en ácido sulfúrico. No aparecerá entonces una nueva planta de cebada. Lo que permite el cambio y la transformación no es la mera destrucción o negación, sino más bien los elementos virtuales o potenciales que están contenidos, por ejemplo, en la semilla. La dialéctica no ofrece una real explicación del cambio: vendría a decir que las cosas cambian “simplemente porque cambian”.

Hay que decir que cualquier explicación acerca del cambio, en la naturaleza o en la historia supone admitir un Primer Motor y un Último Fin. El análisis riguroso del cambio que se produce en la realidad lleva a descubrir a Dios. Ya Aristóteles lo había descubierto en la antigüedad clásica. Y su análisis del cambio, merced a los principios de acto y potencia, tiene mucha mayor profundidad que la explicación marxista.

El materialismo dialéctico ha sido un sistema de gran rigidez, incluso en lo que se refiere a las explicaciones científicas de la naturaleza material. Así por ejemplo tardó 25 años en admitir la teoría de la relatividad de Einstein, hasta encontrarle una interpretación dialéctica.

Filosóficamente hablando, el materialismo dialéctico constituye una amalgama precaria entre el idealismo dialéctico de Hegel y el materialismo positivista decimonónico.

Bibliografía
­    IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 57-93.
­    MCFADDEN; op. cit. ,págs 27-65 y 207-239.
­    SHEED; op. cit., págs. 43-55.
­    WETTER; LEONHARD; op. cit. págs. 34-148.
­    CALVEZ; op. cit., págs. 369-484.
­    OCARIZ ; op.cit., págs. 130-154.
­    PIETTRE ; op. cit., págs. 33-54.
­    GÓMEZ PÉREZ; op.cit., págs. 169-173.

III. El Materialismo histórico. Crítica de las alienaciones



Sumario. Qué es el materialismo histórico. Las alie­naciones, según el marxismo. La alienación religiosa. La alienación filosófica. La alienación política. La alienación social. La alienación económica. La sociedad comunista sin clases.


El materialismo histórico constituye la explicación mar­xista de la historia y de la sociedad. En principio es una aplicación particular de una teoría general de la realidad (materialismo dialéctico). Aunque en realidad numerosos autores han mostrado que existe una completa in­compatibilidad entre el materialismo histórico (que invoca a la libertad humana para realizar la revolución) y el ma­terialismo dialéctico (que explica todo cambio por una fa­tal y rígida necesidad).

La palabra alienación fue tomada en préstamo a la filo­sofía de Hegel. Dentro del pensamiento marxista signifi­can las alienaciones determinadas situaciones humanas en los que el hombre se objetiva, se exterioriza, se pone como distinto de sí y se pierde. Son soluciones irreales y abstractas de un problema material, una mistificación de la verdadera realidad, encubrimiento de la miseria actual del hombre. Las alienaciones suponen separación y ruptura del ser humano con respecto a sí mismo. Serán eliminadas mediante la revolución. De esta manera Marx ve al hombre perdido y engañado, ajeno a sí mismo: en las mercancías o productos industriales, en las clases sociales, en la estructura estatal, en el pensamien­to filosófico, en la religión. Cada alienación se apoya en la anterior: la más abstracta en la más concreta.

La religión constituye para el marxismo la alienación más irreal, la que más aleja al hombre de sí mismo. Es pura ilusión, “pura miseria”, “abyección”, “pérdida radical de sí”; “el suspiro de la criatura abrumada, el corazón de un mundo sin corazón”, “el opio del pueblo”. De ese modo la “crítica de la religión es la condición de toda crítica”. Y eso porque constituiría una evasión al más allá, una justificación conservadora de los males de este mundo, que lleva a caer en un ensueño (opio). Cambiando las condiciones sociales, la religión será completamente superflua y no existirá más. Nada de ella será asumido en la futura sociedad comunista. “La crítica de la religión conduce a la doctrina de que el hombre es para el hombre el ser supremo”.

El pensamiento abstracto, la filosofía, sería otra ilu­sión alienante: una alienación intermedia entre la reli­gión y la política; la apariencia de conocer las cosas como son: en su ser, esencia, naturaleza, pero de modo teórico, abstracto, irreal. “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad”; “los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas ma­neras; lo que importa es transformarlo”.

Otra alienación es la política, que se denuncia al criti­car la filosofía hegeliana del derecho y del Estado. Este último no sería sino un instrumento de dominación y opresión en manos de la burguesía: una conciliación ilusoria de los contrapuestos intereses de clase.

La alienación social consiste en la explotación de la mayoría (proletariado) por un grupo de privilegiados (bur­guesía). Es preciso que los proletarios adquieran con­ciencia de clase y que lleven a cabo la revolución. El motor del progreso social será la lucha de clases, que ha de ser radical; como absoluta es la oposición entre la burguesía y el proletariado. La burguesía, mediante la explotación, prepara sus propios sepultureros. La antítesis total de la burguesía es el proletariado, que carece de dinero, de cultura, de tradición, de virtudes. Ese es un privilegio revolucionario: ser pura negación. Sólo puede subvertirse totalmente el status burgués con la negación dialéctica (revolución). La síntesis superadora será la sociedad comunista sin clases.

La alienación económica es la causa radical de los males humanos, y por tanto también de las otras alienaciones. La verdadera estructura de la sociedad viene constituida por las relaciones económicas de producción. La socie­dad, la política, la filosofía, la religión, etc., son solamente superestructuras, dependientes totalmente de la estructura económica: “el molino movido a mano nos da una sociedad con señor feudal; el molino mecánico, la sociedad del capitalismo industrial”’.

En El Capital Karl Marx  expone su concepción económica. El hombre se realiza, se autocrea, mediante el trabajo productor, transformador de la naturaleza. Con la revolución industrial adviene la producción en serie, y el hombre se pierde en los objetos. La estruc­tura industrial capitalista, el mercado económico con sus leyes de oferta y demanda llevan a cabo el despojo de los obreros. El producto industrial es trabajo objeti­vado del obrero, pero se le priva de él, ya que lo que vale es el precio del objeto en el mercado. Así el obre­ro se ve alienado, convertido en fuerza bruta de trabajo, percibiendo solamente lo necesario para subsistir. Según Marx el valor económico de los productos no procede del intercambio (que no añade nada) ni de la naturaleza (que es de todos) sino solamente del trabajo. La mercancía es trabajo humano cristalizado. El patrono paga por ella lo mínimo al obrero, y se queda con la diferencia (plus­valía), que se va acumulando para engrosar el capital. Hay así una oposición dialéctica entre la producción, que es colectiva, y la apropiación de sus beneficios, que es individual. De un modo inexorable ello producirá una concentración creciente del capital y el aumento del nú­mero de los proletarios. Así llegará la crisis del sis­tema y la revolución proletaria, acto total y definitivo. La dictadura del proletariado será la “expropiación de los expropiadores”.

Después se llegará a la sociedad comunista del futuro, sin clases y sin alienaciones: “una sociedad donde el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos”, una comunidad armónica y sin el poder es­tatal. “El hombre se habrá convertido en una pasión hacia el hombre”.

Reinará el ateísmo, por haber desaparecido las bases socio-económicas de la religión. El hombre será politécnico combinando el trabajo manual e intelectual, integrado ple­namente con la naturaleza. Tendrá su realización completa, al ser dueño de su trabajo y de las condiciones de su exis­tencia material, sin estar sometido a ninguna explotación.

La cosmovisión marxista ofrece así como meta la realización de algunos de los más poderosos sueños humanos, ofreciendo a los desposeídos una ilusión, unas soluciones drásticas, una herramienta revolucionaria.

Bibliografía
­    IBAÑEZ LANGLOIS ; op. cit., págs 93-133.
­    MCFADDEN; op. cit., págs. 99-129 y 265-301.
­    SHEED; op. cit., págs. 55-99.
­    WETTER; LEONHARD; op. cit., págs. 155-208.
­    CALVEZ; op. cit., págs. 41-57, 491-499, 668-700.
­    GÓMEZ PÉREZ; op. cit., págs 180-217.
­    PIETTRE; op. cit., págs. 75-80.
OCARIZ; op. cit., págs. 55-70.