Sumario. Una explicación íntegramente materialista de la realidad. La
dialéctica y sus fases: tesis, antítesis
y síntesis. Leyes de la dialéctica. Crítica de la dialéctica.
Desde fines del siglo XVIII la humanidad ha presenciado un acelerado cambio
de sus condiciones de vida: ha habido importantes descubrimientos científicos y
tecnológicos. Se ha abierto una nueva era a través de la investigación científica,
la exploración del espacio, los sorprendentes avances de la cibernética. A la
vez la ciencia del siglo XX fue aprendiendo a tener una conciencia más clara de
sus limitaciones, cosa que no tenía la ciencia del siglo XIX, y en concreto
Marx y Engels, cuando idearon el materialismo dialéctico, sistema de gran
rigidez y dogmatismo, que trata de explicar
en su conjunto el universo material. El análisis marxista de la realidad se
auto-presenta como científico, necesario, ineludible. Las alienaciones,
que rebajan al hombre, se producirían inexorablemente para ser también
inexorablemente suprimidas por la revolución. El capitalismo se hundiría por sí
mismo, para dar lugar a la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases.
Filosóficamente hablando, el materialismo
dialéctico constituye una amalgama precaria entre el idealismo dialéctico de
Hegel y el materialismo positivista decimonónico.
Parece haber una cierta evolución en el pensamiento marxista.
Inicialmente todavía aparece como una protesta ante las injusticias, como un
cierto humanismo, como una exhortación a las iniciativas personales. Pero muy
pronto se ve que las leyes férreas de la dialéctica de la materia lo gobiernan
todo. Y que no queda lugar para la acción de la libertad de la persona.
Quien formuló en detalle el materialismo dialéctico fue Federico
Engels. Toda la realidad sería una manifestación de la materia. No hay lugar
para el espíritu. El hombre es, en su totalidad, un producto de la naturaleza:
“El movimiento del pensamiento no es más que la reflexión del movimiento real,
transferido y transpuesto al cerebro del hombre”. No hay más conocimientos y
realidades que los materiales.
Se trata, pues, de un materialismo absoluto, que lo abarca todo. La
materia se bastaría a si misma: eterna y autodinámica. El hombre procedería
completamente por evolución, a partir de las fuerzas de la materia. La materia
es, además, dialéctica. Esto quiere decir que está formada por contradicciones
internas, conflictos de aspectos contrarios, por ejemplo: electricidad positiva
y negativa, acción y repulsión, macho y hembra, burguesía y proletariado. Un
aspecto cualquiera de la realidad (tesis)
vendría negado por su contrario (antítesis)
y este sería superado a su vez por una nueva negación (síntesis). La contradicción sería condición necesaria del progreso. De vez en cuando
ocurrirían saltos cualitativos: se pasaría de la vida vegetal a la animal, y de
ésta a la humana. Y la dialéctica explicaría también todas las transformaciones
de la sociedad. La dialéctica se llevaría a cabo mediante tres leyes: que la
realidad esté compuesta de aspectos contradictorios (ley de los contrarios), que un ser en movimiento progrese
necesariamente hacia su propia negación (ley
de la negación), y que un desenvolvimiento cuantitativo y continuo en una
realidad termina con frecuencia por producir una forma enteramente nueva (ley de la transformación). Esta
dialéctica es la aplicación a la materia de lo que Hegel afirmaba acerca del
Espíritu Absoluto.
Pero lo que tenía cierto sentido aplicado a la lógica en Hegel, no lo
tiene ya aplicado a la materia. En el pensamiento puede haber contradicciones
entre el absoluto ser, y el absoluto no-ser. En la realidad no, ya que en ella
sólo se da el ser, y el no ser no es nada. La materia no es ni puede ser
dialéctica: en ella no hay aspectos contradictorios, sino solamente contrarios.
Atribuir a la materia cualidades espirituales, e incluso divinas es forjar un
mito, que fue cuidadosamente definido por el pensamiento de Lenin y Stalin, el
partido comunista soviético, chino o cubano.
Es bien conocido el ejemplo que pone Engels: un grano de cebada solamente
produce la nueva planta si es sembrado y se pudre. Hay, pues, una semilla (tesis), su destrucción (antítesis) y la planta nueva (síntesis).
Esta teoría dialéctica no explica, en realidad, nada, acerca del
cambio. La mera destrucción no produce el progreso. Y, si no, hagamos la
prueba: quememos la semilla de cebada o sumerjámosla en ácido sulfúrico. No
aparecerá entonces una nueva planta de cebada. Lo que permite el cambio y la
transformación no es la mera destrucción o negación, sino más bien los
elementos virtuales o potenciales que están contenidos, por ejemplo, en la
semilla. La dialéctica no ofrece una real explicación del cambio: vendría a
decir que las cosas cambian “simplemente porque cambian”.
Hay que decir que cualquier explicación acerca del cambio, en la
naturaleza o en la historia supone admitir un Primer Motor y un Último Fin. El
análisis riguroso del cambio que se produce en la realidad lleva a descubrir a
Dios. Ya Aristóteles lo había descubierto en la antigüedad clásica. Y su
análisis del cambio, merced a los principios de acto y potencia, tiene mucha
mayor profundidad que la explicación marxista.
El materialismo dialéctico ha sido un sistema de gran rigidez, incluso
en lo que se refiere a las explicaciones científicas de la naturaleza material.
Así por ejemplo tardó 25 años en admitir la teoría de la relatividad de Einstein,
hasta encontrarle una interpretación dialéctica.
Bibliografía
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