V. Estado y Sociedad



Sumario. La crítica marxista prescinde de la libertad humana: el hombre aparecería por evolución de la materia; la estructura económica explicaría por completo el actuar de individuos y sociedades. Rechazo del Estado. Para el marxismo la sociedad se reduce a explotadores y explotados. La lucha de clases es presentada como una necesidad, y como el único medio para mejorar la sociedad a través de la revolución.


Según el materialismo histórico marxista, la verdadera estructura de la sociedad está constituida por las fuerzas productivas, por las relaciones de producción económica. Todo lo demás es una artificial superestructura ideológica: las instituciones jurídicas y políticas, las manifestaciones artísticas y culturales de un pueblo, etc.

Aparece continuamente en el marxismo la interna contradicción entre el férreo esquema del materialismo dialéctico (que impone una absoluta necesidad a todos los acontecimientos sociales) y la acción revolucionaria que se propugna. ¿Cómo es posible una revolución en base a la iniciativa y libertad humana, dentro de un mundo necesariamente alienado por el determinismo económico de los medios de producción?

El materialismo dialéctico permite a los marxistas “predecir” la ruina del capitalismo y el advenimiento necesario de la sociedad comunista sin clases. La libertad humana no sería más que la “conciencia de la necesidad”.

En la sociedad humana todo progresaría por evolución dialéctica: de la materia a la vida, de la vida a la consciencia humana, de la consciencia humana a la perfecta sociedad comunista sin clases. Los comienzos más humanistas del pensamiento de Marx, desembocan en un rígido sistema materialista y determinista.

El origen del hombre lo explica Marx mediante préstamos del evolucionismo materialista “el hombre comienza a diferenciarse del animal, en cuanto empieza a producir sus propios medios de subsistencia”. ¿Pero cómo puede comenzar a producir herramientas, si todavía no es inteligente?

La familia tiene importancia simplemente como parte de la infraestructura económica. Son los reproductores de la sociedad y para la sociedad. Como la producción y el consumo económicos son asuntos colectivos, la procreación y educación de los hijos se convierte en asunto público, en derecho del Estado.

Algo semejante puede decirse de la economía como fundamento absoluto de la realidad cultural (superestructura ideológica). La economía, como expresión de la inteligencia humana organizativa, supone previamente ya una cultura, y sin ella no progresa.

Indudablemente que los factores económicos constituyen condicionamientos del libre obrar humano. Pero el condicionamiento es un simple influjo y no verdadera causa del actuar humano, constitutivamente libre. Para el marxismo la “alienación política” viene constituida por el Estado, que sería un aparato de poder y opresión, al servicio de la clase explotadora. Marx desarrolla una crítica al Estado burgués, y la extiende a todo género de Estados en todas las latitudes y épocas de la historia. Solamente de los factores económicos dependería el Estado. No analiza en absoluto algo tan humano como la “ambición de poder”, que tanto puede influir en los acontecimientos políticos y en la propia explotación económica. Pero, sobre todo, la crítica marxista pasa por alto un hecho innegable: la necesidad del Estado, de la autoridad que organice la sociedad política. Los posibles abusos de poder no anulan esta necesidad. Pretender que no exista el Estado es una verdadera ingenuidad, una utopía. De hecho, la revolución comunista, allá donde ha triunfado, ha multiplicado los organismos y el poder del Estado. Por mucho que se atribuya la soberanía al pueblo, la colectividad no puede autogobernarse.

Pero, en clave marxista, la alienación política depende de la alienación social: la dualidad de explotadores y explotados. Sólo los factores económicos de producción explicarían las clases sociales. Los factores culturales, religiosos, sociales, nacionales, etc., no cuentan. Verdaderamente es hacer violencia a la realidad social el encorsetar las variadas clases y grupos sociales en el rígido esquema dialéctico de burguesía-proletariado (explotadores-explotados). Piénsese, por ejemplo, en la aparición en tantos países de las clases medias desde mediados del siglo XIX; y a la intervención gradual del Estado en el proceso económico-social, para corregir las desigualdades más graves.

La lucha de clases, presentada por el marxismo como irremediable y como factor de progreso social, es artificiosa: un intento de adaptar la realidad social al esquema dialéctico. Es una exageración: la contraposición entre burgués y proletario es presentada como de mayor relevancia que todo aquello que une a los hombres en la común naturaleza humana.

Sí que ocurren conflictos sociales, pero estos son siempre limitados y parciales.

En cambio el marxismo presenta las categorías de burguesía y proletariado como absolutas, opuestas e inconciliables. Es como un nuevo maniqueísmo, en que el bien y el mal son el proletariado y la burguesía. La futura sociedad comunista superará esa oposición (más allá del bien y del mal). La burguesía será aplastada por el proletariado y de ahí surgirá la sociedad nueva. Habrá que pasar por una etapa intermedia, la fase socialista, que es la dictadura del proletariado. Ello daría paso a la sociedad comunista sin clases, con la abolición completa de la propiedad privada, ligada con la personalidad individual. Esa utopía es muy difícil de concebir en concreto: es como un vacío ideal de la razón atea, una sociedad en la que: “El hombre será para el hombre el ser supremo”. Para esto tendría que haber un necesario acostumbramiento de los individuos a actuar colectivamente, con una abundancia material definitiva e irreversible, con una solidaridad social espontánea y desinteresada, sin Estado y sin Derecho, como sociedad perfectamente productora-consumidora de bienes materiales. Esa meta aparece como un ideal perverso: la persona humana se diluye en un falso absoluto: la sociedad sin clases, el Hombre genérico. Ahora bien, si la Historia es dialéctica, si progresa necesariamente por luchas, cambios y oposiciones, ¿cómo podría haber un paraíso terreno definitivo?

El marxismo presenta como criterio de verdad la praxis: es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad. Pero la reciente historia social desmiente las teorías marxistas: el triunfo revolucionario no se ha producido por una auto-destrucción dialéctica del capitalismo, sino por guerra o golpe de Estado. Además se han desarrollado las clases medias (no previstas por Marx). Y el proletariado ha ido llevando a cabo numerosas conquistas sociales (aburguesamiento). No es, ni mucho menos la realidad puramente negativa de que hablaba Marx. No puede darse, por tanto, la absoluta contradicción dialéctica entre burguesía y proletariado.

El proletariado industrial no es sino una clase social, entre otras, en un determinado momento histórico. Las revoluciones que pueda hacer el proletariado serán también particulares; no la revolución total ni universal. Lo universal es la religión, la moral, la política: que se ocupan de resolver positivamente los conflictos sociales. El proletariado redentor, absolutamente negativo y contradictorio de la burguesía, no es sino uno de los varios mitos forjados y difundidos por el marxismo.

Bibliografía
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