IX. ¿Es posible un diálogo?



Sumario. El rechazo marxista de la religión. La ideología marxista contiene un materialismo y ateísmo inaceptables para un cristiano. El método marxista es inseparable de su ideología. El odio de clases se opone a la justicia y a la caridad. La persona y su libertad son más importantes que la colectividad social. El mejoramiento social se logra a partir de los principios cristianos. El diálogo no puede entablarse al precio de abandonar las verdades de la fe.


El ateísmo es el principio radical que, desde dentro, proporciona unidad y cohesión al marxismo. Marx definió la religión como “opio del pueblo”, “suspiro de la criatura abrumada”, “desgracia pura”. Lenin, por su parte, afirmaba: “Cualquier fe religiosa, cualquier idea de Dios, e incluso cualquier inclinación a la idea de Dios, constituyen una inexplicable bajeza”. “La religión es el vodka espiritual donde los esclavos del capitalismo ahogan toda forma humana”. Estas ideas marxistas no han quedado solamente en el campo de la teoría, sino que han sido eficazmente llevadas a la práctica.

En ocasiones ha habido cristianos que han pensado que ese antiteísmo es sólo circunstancial, que se puede colaborar con los marxistas y hasta encontrar un lugar para los creyentes en la futura sociedad comunista. Han procedido como si el sentido de la historia se orientara necesariamente hacia las metas marxistas y oponerse a ello, independientemente de los errores “doctrinales” del marxismo, fuera un conservadurismo trasnochado. Con ello aceptaban implícitamente los planteamientos del materialismo dialéctico e histórico.

Sin embargo el marxismo no puede, sin destruir con ello todo su sistema, conceder la menor opción a Dios, la vida eterna o la realidad del alma espiritual. De modo que la llamada marxista a la colaboración de los cristianos no deja de ser una simple maniobra táctica. No es válido el pretendido “cristianismo del cielo y marxismo de la tierra”, porque el cristianismo comienza y se ejercita aquí ya en la tierra. Las cuestiones económicas, sociales y políticas tienen una fundamentación ético-religiosa, aunque el cristianismo no sea una ideología terrena. El marxismo no es una simple ciencia o técnica de los asuntos de este mundo. Más bien aparece como una antirreligión, basada en el materialismo y en la violencia, que lucha tenazmente contra toda religión. No cabe identificación ni convergencia entre modos de pensar tan antitéticos.

Algunos cristianos llegaron a utilizar el marxismo como un simple método “científico” de interpretación de la historia y de la sociedad, y como herramienta revolucionaria. Importaría más el compromiso en la lucha de clases (“ortopraxis”) que la rectitud de la doctrina (“ortodoxia”). Pero hay que falsear mucho, tanto al cristianismo como al marxismo, para tratar de conciliarlos. El marxismo no puede  separarse de sus fundamentos ideológicos, y no puede haber tampoco un “compromiso cristiano” sin un contenido doctrinal. La fe no es un programa socio-económico, sino una verdad revelada por Dios, un mensaje dirigido a la eterna salvación de los hombres. El cristianismo no puede renunciar a la absoluta primacía de Dios. Si se le deja de lado, aceptando las fórmulas marxistas, se deja de ser cristiano.

La teoría marxista de la lucha de clases exagera y absolutiza los conflictos sociales. El odio y la violencia aparecen como el necesario motor del progreso y de la historia; y esto es la antítesis de la doctrina evangélica del amor y la justicia.

La raíz de los males sociales es moral: se encuentra en el mal uso de la libertad humana. La influencia de las estructuras es solamente relativa. El influjo decisivo de las actitudes y decisiones personales sobre los problemas sociales ha sido puesto constantemente de manifiesto en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia sobre cuestiones sociales.

Para el marxismo, en cambio, el centro de la realidad y de la historia no es la persona sino las estructuras económico-sociales, necesariamente determinadas por la naturaleza material. La espiritualidad y dignidad de la persona humana viene disminuida. No llega a ser un humanismo auténtico. Mientras que el cristianismo exalta al hombre al reconocerlo como criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza.

La “moralidad” marxista nada tiene que ver con la moral natural ni cristiana. Escribe Lenin: “Nuestra moralidad está del todo subordinada a los intereses de la lucha de clase del proletariado” (no hay ley de Dios, ni valor de la persona humana en sí misma, ni derechos inviolables).

El fin revolucionario es de necesidad absoluta, y todo lo justifica: el crimen, la tortura, el terrorismo, la mentira. Pero ello es engañoso, ya que los medios prefiguran el fin, y los medios moralmente malos anuncian ya la perversidad del fin al que dirigen.

El camino cristiano es el de la transformación moral de las personas: y cuenta con la falibilidad de los hombres, la frecuente lentitud y la incertidumbre de la libertad humana. Pero éstos son los datos de la realidad, y no los sueños de un mito impaciente.

El marxismo acude a la violencia externa y a la coacción, en una reiterada dialéctica de violencia y odio: el asesinato político, el genocidio, el maquiavelismo refinado y el terror policíaco son parte inseparable de su historia; aunque su totalitarismo aplastante trata de silenciarlos.

La justa transformación de la sociedad no tiene necesidad del mito marxista. El mejoramiento social se viene haciendo en muchos lugares por una mejor participación del trabajador en la propiedad y gestión de la empresa, con una creciente valoración de la libertad de la persona, y la dignidad y prestancia del trabajo humano.

Hay una gran tarea de justicia y caridad solidaria en la sociedad. Y en ella los cristianos tienen parte muy principal, con libertad en las opciones temporales y fidelidad a las grandes directrices morales del Magisterio de la Iglesia.

Frente al desafío del ateísmo militante marxista, propugnador del materialismo y de la lucha de clases, desconocedor de la dignidad de cada persona, el cristiano debe mantener su identidad. El no renuncia al diálogo, pero para lograrlo no comienza por claudicar de sus principios y exige en el interlocutor sinceridad y buena fe.

Bibliografía
­    IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., 363-407.
­    S.S. PABLO VI, Enc. Ecclesiam suam.
­    SHEED; op. cit., págs. 185 y ss.
­    IBAÑEZ LANGLOIS, José Miguel; Marxismo y Cristianismo. Folletos Mundo Cristiano, n. 188, Madrid, 1976.
­    GÓMEZ PÉREZ; op. cit., págs. 217-313.
­    SPIEKER; op. cit., págs. 119-169.

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