Sumario. El rechazo marxista de la religión. La ideología marxista contiene un
materialismo y ateísmo inaceptables para un cristiano. El método marxista es
inseparable de su ideología. El odio de clases se opone a la justicia y a la
caridad. La persona y su libertad son más importantes que la colectividad
social. El mejoramiento social se logra a partir de los principios cristianos.
El diálogo no puede entablarse al precio de abandonar las verdades de la fe.
El ateísmo es el principio radical que, desde dentro, proporciona unidad y
cohesión al marxismo. Marx definió la religión como “opio del pueblo”, “suspiro
de la criatura abrumada”, “desgracia pura”. Lenin, por su parte, afirmaba:
“Cualquier fe religiosa, cualquier idea de Dios, e incluso cualquier
inclinación a la idea de Dios, constituyen una inexplicable bajeza”. “La
religión es el vodka espiritual donde los esclavos del capitalismo ahogan toda
forma humana”. Estas ideas marxistas no han quedado solamente en el campo de la
teoría, sino que han sido eficazmente llevadas a la práctica.
Frente al desafío del ateísmo militante marxista,
propugnador del materialismo y de la lucha de clases, desconocedor de la
dignidad de cada persona, el cristiano debe mantener su identidad. El no
renuncia al diálogo, pero para lograrlo no comienza por claudicar de sus
principios y exige en el interlocutor sinceridad y buena fe.
En ocasiones ha habido cristianos que han pensado que ese antiteísmo es
sólo circunstancial, que se puede colaborar con los marxistas y hasta encontrar
un lugar para los creyentes en la futura sociedad comunista. Han procedido como
si el sentido de la historia se orientara necesariamente hacia las metas
marxistas y oponerse a ello, independientemente de los errores “doctrinales”
del marxismo, fuera un conservadurismo trasnochado. Con ello aceptaban
implícitamente los planteamientos del materialismo dialéctico e histórico.
Sin embargo el marxismo no puede, sin destruir con ello todo su
sistema, conceder la menor opción a Dios, la vida eterna o la realidad del alma
espiritual. De modo que la llamada marxista a la colaboración de los cristianos
no deja de ser una simple maniobra táctica. No es válido el pretendido
“cristianismo del cielo y marxismo de la tierra”, porque el cristianismo
comienza y se ejercita aquí ya en la tierra. Las cuestiones económicas,
sociales y políticas tienen una fundamentación ético-religiosa, aunque el
cristianismo no sea una ideología terrena. El marxismo no es una simple ciencia
o técnica de los asuntos de este mundo. Más bien aparece como una antirreligión,
basada en el materialismo y en la violencia, que lucha tenazmente contra toda
religión. No cabe identificación ni convergencia entre modos de pensar tan
antitéticos.
Algunos cristianos llegaron a utilizar el marxismo como un simple
método “científico” de interpretación de la historia y de la sociedad, y como
herramienta revolucionaria. Importaría más el compromiso en la lucha de clases (“ortopraxis”)
que la rectitud de la doctrina (“ortodoxia”). Pero hay que falsear mucho, tanto
al cristianismo como al marxismo, para tratar de conciliarlos. El marxismo no
puede separarse de sus fundamentos
ideológicos, y no puede haber tampoco un “compromiso cristiano” sin un contenido
doctrinal. La fe no es un programa socio-económico, sino una verdad revelada
por Dios, un mensaje dirigido a la eterna salvación de los hombres. El
cristianismo no puede renunciar a la absoluta primacía de Dios. Si se le deja
de lado, aceptando las fórmulas marxistas, se deja de ser cristiano.
La teoría marxista de la lucha de clases exagera y absolutiza los
conflictos sociales. El odio y la violencia aparecen como el necesario motor
del progreso y de la historia; y esto es la antítesis de la doctrina evangélica
del amor y la justicia.
La raíz de los males sociales es moral: se encuentra en el mal uso de
la libertad humana. La influencia de las estructuras es solamente relativa. El
influjo decisivo de las actitudes y decisiones personales sobre los problemas sociales
ha sido puesto constantemente de manifiesto en las enseñanzas del Magisterio de
la Iglesia sobre cuestiones sociales.
Para el marxismo, en cambio, el centro de la realidad y de la historia
no es la persona sino las estructuras económico-sociales, necesariamente
determinadas por la naturaleza material. La espiritualidad y dignidad de la
persona humana viene disminuida. No llega a ser un humanismo auténtico.
Mientras que el cristianismo exalta al hombre al reconocerlo como criatura de
Dios, hecho a su imagen y semejanza.
La “moralidad” marxista nada tiene que ver con la moral natural ni
cristiana. Escribe Lenin: “Nuestra moralidad está del todo subordinada a los
intereses de la lucha de clase del proletariado” (no hay ley de Dios, ni valor
de la persona humana en sí misma, ni derechos inviolables).
El fin revolucionario es de necesidad absoluta, y todo lo justifica: el
crimen, la tortura, el terrorismo, la mentira. Pero ello es engañoso, ya que
los medios prefiguran el fin, y los medios moralmente malos anuncian ya la
perversidad del fin al que dirigen.
El camino cristiano es el de la transformación moral de las personas: y
cuenta con la falibilidad de los hombres, la frecuente lentitud y la
incertidumbre de la libertad humana. Pero éstos son los datos de la realidad, y
no los sueños de un mito impaciente.
El marxismo acude a la violencia externa y a la coacción, en una
reiterada dialéctica de violencia y odio: el asesinato político, el genocidio,
el maquiavelismo refinado y el terror policíaco son parte inseparable de su
historia; aunque su totalitarismo aplastante trata de silenciarlos.
La justa transformación de la sociedad no tiene necesidad del mito
marxista. El mejoramiento social se viene haciendo en muchos lugares por una
mejor participación del trabajador en la propiedad y gestión de la empresa, con
una creciente valoración de la libertad de la persona, y la dignidad y
prestancia del trabajo humano.
Hay una gran tarea de justicia y caridad solidaria en la sociedad. Y en
ella los cristianos tienen parte muy principal, con libertad en las opciones
temporales y fidelidad a las grandes directrices morales del Magisterio de la
Iglesia.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., 363-407.
S.S. PABLO VI, Enc. Ecclesiam suam.
SHEED; op. cit.,
págs. 185 y ss.
IBAÑEZ
LANGLOIS, José Miguel; Marxismo y
Cristianismo. Folletos Mundo Cristiano, n. 188, Madrid, 1976.
GÓMEZ
PÉREZ; op. cit., págs. 217-313.
SPIEKER; op. cit.,
págs. 119-169.
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