Sumario. La crítica marxista de la economía atribuye la explotación a las
estructuras (propiedad privada, capital, etc.) y no a la libertad humana. La
revolución marxista, a través de la dictadura del proletariado, llevaría a una
sociedad comunista, sin clases, perfecta. Pero el paraíso terrenal materialista
es una utopía.
Para Karl Marx todas las demás alienaciones se reducen a la alienación económica. Sin
embargo, es muy claro que lo religioso, lo filosófico y lo político posee un
carácter original e irreductible. En el fondo lo que el marxismo llama
alienación económica (injusto abuso del rico sobre el pobre) deriva de raíces
no materiales sino morales. La ambición y el egoísmo son de índole espiritual.
Una “acumulación primitiva” de capital, ocurrida de forma abusiva, tendría por
fuente la violencia o el robo, que son pecados. Las leyes de la oferta y la
demanda todavía no existían. Si ocurrió una rapiña en el origen del capitalismo,
ello se debe al mal uso de la libertad humana, y perfectamente pudo no haber
ocurrido nunca. La codicia no es resultado de las estructuras socio-económicas,
sino de la intemperancia y la injusticia personal.
Para dar valor a este mundo no hace falta prometer
falsos paraísos. El cristiano, que sabe que la felicidad verdadera se encuentra
sólo en la vida eterna, da toda su importancia a la vida terrena. Ya que de
nuestro comportamiento en este mundo depende nuestro destino eterno.
Según Marx, el capitalismo nació cuando se inició la producción
industrial, y se fue formando el capital progresivamente, merced a la
acumulación de la plusvalía. Marx
distingue entre el valor de uso de los productos (trabajo empleado para
elaborar bienes útiles) y el valor de
cambio (dependiente no de su utilidad sino del precio en el mercado). Las
mercancías no son, en realidad, más que “trabajo humano cristalizado”: ésa es
la única fuente auténtica de su valor. El patrono vende el producto a su valor
de cambio, pero sólo paga una parte al obrero, la necesaria para su
subsistencia, para tener esa fuerza de trabajo, pero no paga el trabajo mismo.
El resto se lo queda el capitalista: plusvalía.
Hay una neta división entre proletarios asalariados y patronos capitalistas,
que mediante la plusvalía disponen de
una maravillosa mercancía: el trabajo humano. Si el capital es “todo aquello
que produce una renta mediante el
trabajo de otros”, el crecimiento de los mercados y de las compañías, con la
acumulación de capitales en pocas manos iría expropiando a los artesanos de sus recursos económicos.
Cuando se suprime la servidumbre y el antiguo régimen corporativo, el trabajo
se convierte en teóricamente libre, y
hay que venderlo como último recurso. Mientras tanto aumenta cada vez más el
margen de la plusvalía, y con ello
las desigualdades e injusticias sociales. Sin embargo ni el valor de la
mercancía depende sólo del trabajo del obrero (influjo de la tecnología, del
capital, de la fertilidad de la tierra, del mercado, del transporte, etc.), ni
los salarios han de descender necesariamente al mínimo vital, con un aumento
constante del proletariado mísero; ni tampoco la expropiación automática del
gran capital (pronosticada por Marx) ha ocurrido por evolución económica normal,
sino por violencia revolucionaria o por ocupación militar.
La explicación marxista presenta los motivos y génesis del capitalismo,
no como una injusticia humana y moral, sino como la fase actual de una
evolución necesaria. Los capitalistas no tienen propiamente culpa, sino que
todo ello es consecuencia de leyes necesarias. Se habría producido entonces el
antagonismo entre una producción social de la riqueza y una apropiación
individual de ella por parte de algunos abusadores (capitalistas). Pero si ello
sucedió así, fue por un factor extra-económico: la codicia injusta de algunos.
Y el economicismo materialista no ofrece ninguna explicación para ella. Para
Marx la propiedad privada es la estructura que hace posible la alienación
económica, permitiendo que un hombre se apodere del trabajo de otro hombre; por
lo tanto debe ser abolida. No distingue entre una propiedad privada que sea
justa y otra que produzca o sea consecuencia de injusticias.
Marx anunció que la progresiva acumulación del capital traería
necesariamente la disolución del capitalismo: “La burguesía produce sus propios sepultureros”. En el
momento en que el proceso de concentración haya terminado se llevará a cabo la
expropiación socialista: las acciones de los capitalistas se pondrán a nombre
de la nación, y nada cambiará, ni el gerente. Hay que socializar los
instrumentos de producción: tierra, fábricas, capitales. La propiedad vuelve
así a sus dueños, los trabajadores expropiados, en forma nueva y colectiva. Se
habrá producido así la última expropiación de la Historia, no en beneficio de
una clase, sino de todas: será la sociedad
sin clases. Sin embargo lo que
históricamente ha ocurrido es la aparición de una nueva clase, constituida por los líderes de la revolución.
La raíz de toda injusticia y explotación, de toda “alienación”, está en
el mal uso de la libertad humana, en el pecado. Si se denuncian injusticias se
entra en un contexto moral, fuera del cual no tendría sentido esa denuncia.
Cuando el marxismo exalta el valor del trabajo, está hablando de algo que no
puede fundamentar, ya que para ello hay que reconocer la dignidad de la
persona, basada en su alma espiritual e inmortal. Es injusto “cosificar” a la
persona, pero solamente si la persona no es una cosa, una realidad puramente
material. Pero para el marxismo las alienaciones no tienen una causa moral; son
escalones necesarios de la cadena materialista dialéctica.
Supongamos que la alienación se produzca del modo y por las causas que
señala el marxismo. En ese caso, siempre podrá producirse de nuevo, si ya se
produjo una vez. Y la propiedad colectivizada no escaparía a ese riesgo. De
hecho las dificultades económicas de los regímenes marxistas han sido muy
grandes, por limitar la libertad, la iniciativa privada y la propiedad.
El marxismo ha propugnado una revolución radical, que elimine a la
burguesía, establezca la dictadura del proletariado y abra el paso a la
sociedad comunista sin clases. Todo ello ¿es resultado de la necesidad de las
fuerzas económicas o de una resuelta voluntad revolucionaria? Aunque en el fondo
hay una contradicción no resuelta entre una u otra causa, el marxismo
revolucionario habla de la necesidad, dialéctica, para infundir seguridad; y de
la iniciativa voluntaria, para acelerar la “revolución necesaria”. El factor
decisivo no será ya el proletariado amorfo de Marx, sino el partido comunista,
una élite de “revolucionarios profesionales” (Lenin), que constituyen la
‘‘vanguardia del proletariado’’.
La revolución marxista sería un resultado necesario de la dialéctica
materialista. A la tesis (burguesía) sigue la antítesis (revolución y dictadura
del proletariado) y después la síntesis (sociedad comunista sin clases). Si
ello fuera así, ¿cómo es posible una sociedad definitiva, que no esté sujeta a
nuevas alienaciones y no requiera de nuevas revoluciones? La revolución
definitiva, si la hay, es antidialéctica.
El proletariado no encaja en una dialéctica de contradicción. No es una
negación total y universal, sino una particular clase social. Su dictadura no
es la supresión universal de la alienación, sino sólo una dominación particular
(del partido comunista), con tremendas posibilidades de corrupción: si el poder
corrompe, el poder absoluto puede corromper absolutamente (Lord Acton).
La prometida desaparición del Estado, en la definitiva sociedad
comunista, es una utopía. ¿Cómo puede subsistir una sociedad, si nadie la
gobierna?
La sociedad comunista, si está dentro de la historia, está sometida
también a la dialéctica, y en ella las contradicciones (alienaciones y
revoluciones) han de renovarse una y otra vez. A menos que la prometida
sociedad comunista esté fuera de la historia y no sea más que un mito creado
por la fantasía humana. Así se presenta, con caracteres utópicos, el paraíso
materialista: con plenitud total del hombre, libertad sin límites, plena
armonía social, hombre desalienado y sin limitaciones, concordia absoluta entre
la cultura y la naturaleza, etc.
El materialismo dialéctico y el materialismo histórico chocan de frente
en sus afirmaciones, cuando se llega a la futura sociedad comunista sin clases:
si la dialéctica es la ley de lo real histórico, el comunismo es imposible; si
el comunismo es posible (y necesario), la dialéctica no es la estructura de la
realidad, pues queda abolida por el comunismo (Ibañez Langlois).
El marxismo revisionista ha rebajado las pretensiones del futuro
paraíso sin clases, así como la necesidad de la revolución. Se limita a
postular un igualitarismo económico y social, teñido de materialismo; y siempre
parcial e insuficiente para llenar las más profundas aspiraciones humanas.
El marxismo más consecuente y radical promete un paraíso terrenal materialista
que es claramente utópico. Plantea preguntas a las que es incapaz de responder,
e inquietudes que no puede satisfacer. Conduce, en el fondo, hacia algo que sea
trascendente, más allá del materialismo dialéctico e histórico.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 233-320.
MCFADDEN; op. cit., págs 171-207, 359-389.
SHEED; op. cit., págs. 143-149.
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cit., págs. 277-328, 485-621.
OCARIZ; op. cit., págs. 86-101, 177-182.
GARCÍA DE
HARO, RAMÓN; Karl Marx: El Capital.
EMESA. Madrid, 1977, págs. 5-31.
PIETTRE; op. cit., págs. 75-135, 140-159,
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CALVEZ; op. cit., págs. 262-369, 499-583,
622-625.
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