VI. Economía y revolución



Sumario. La crítica marxista de la economía atribuye la explotación a las estructuras (propiedad privada, capital, etc.) y no a la libertad humana. La revolución marxista, a través de la dictadura del proletariado, llevaría a una sociedad comunista, sin clases, perfecta. Pero el paraíso terrenal materialista es una utopía.

Para Karl Marx todas las demás alienaciones se reducen a la alienación económica. Sin embargo, es muy claro que lo religioso, lo filosófico y lo político posee un carácter original e irreductible. En el fondo lo que el marxismo llama alienación económica (injusto abuso del rico sobre el pobre) deriva de raíces no materiales sino morales. La ambición y el egoísmo son de índole espiritual. Una “acumulación primitiva” de capital, ocurrida de forma abusiva, tendría por fuente la violencia o el robo, que son pecados. Las leyes de la oferta y la demanda todavía no existían. Si ocurrió una rapiña en el origen del capitalismo, ello se debe al mal uso de la libertad humana, y perfectamente pudo no haber ocurrido nunca. La codicia no es resultado de las estructuras socio-económicas, sino de la intemperancia y la injusticia personal.

Según Marx, el capitalismo nació cuando se inició la producción industrial, y se fue formando el capital progresivamente, merced a la acumulación de la plusvalía. Marx distingue entre el valor de uso  de los productos (trabajo empleado para elaborar bienes útiles) y el valor de cambio (dependiente no de su utilidad sino del precio en el mercado). Las mercancías no son, en realidad, más que “trabajo humano cristalizado”: ésa es la única fuente auténtica de su valor. El patrono vende el producto a su valor de cambio, pero sólo paga una parte al obrero, la necesaria para su subsistencia, para tener esa fuerza de trabajo, pero no paga el trabajo mismo. El resto se lo queda el capitalista: plusvalía. Hay una neta división entre proletarios asalariados y patronos capitalistas, que mediante la plusvalía disponen de una maravillosa mercancía: el trabajo humano. Si el capital es “todo aquello que produce una renta  mediante el trabajo de otros”, el crecimiento de los mercados y de las compañías, con la acumulación de capitales en pocas manos iría expropiando  a los artesanos de sus recursos económicos. Cuando se suprime la servidumbre y el antiguo régimen corporativo, el trabajo se convierte en teóricamente libre, y hay que venderlo como último recurso. Mientras tanto aumenta cada vez más el margen de la plusvalía, y con ello las desigualdades e injusticias sociales. Sin embargo ni el valor de la mercancía depende sólo del trabajo del obrero (influjo de la tecnología, del capital, de la fertilidad de la tierra, del mercado, del transporte, etc.), ni los salarios han de descender necesariamente al mínimo vital, con un aumento constante del proletariado mísero; ni tampoco la expropiación automática del gran capital (pronosticada por Marx) ha ocurrido por evolución económica normal, sino por violencia revolucionaria o por ocupación militar.

La explicación marxista presenta los motivos y génesis del capitalismo, no como una injusticia humana y moral, sino como la fase actual de una evolución necesaria. Los capitalistas no tienen propiamente culpa, sino que todo ello es consecuencia de leyes necesarias. Se habría producido entonces el antagonismo entre una producción social de la riqueza y una apropiación individual de ella por parte de algunos abusadores (capitalistas). Pero si ello sucedió así, fue por un factor extra-económico: la codicia injusta de algunos. Y el economicismo materialista no ofrece ninguna explicación para ella. Para Marx la propiedad privada es la estructura que hace posible la alienación económica, permitiendo que un hombre se apodere del trabajo de otro hombre; por lo tanto debe ser abolida. No distingue entre una propiedad privada que sea justa y otra que produzca o sea consecuencia de injusticias.

Marx anunció que la progresiva acumulación del capital traería necesariamente la disolución del capitalismo: “La burguesía  produce sus propios sepultureros”. En el momento en que el proceso de concentración haya terminado se llevará a cabo la expropiación socialista: las acciones de los capitalistas se pondrán a nombre de la nación, y nada cambiará, ni el gerente. Hay que socializar los instrumentos de producción: tierra, fábricas, capitales. La propiedad vuelve así a sus dueños, los trabajadores expropiados, en forma nueva y colectiva. Se habrá producido así la última expropiación de la Historia, no en beneficio de una clase, sino de todas: será la sociedad sin clases. Sin embargo lo que históricamente ha ocurrido es la aparición de una nueva clase, constituida por los líderes de la revolución.

La raíz de toda injusticia y explotación, de toda “alienación”, está en el mal uso de la libertad humana, en el pecado. Si se denuncian injusticias se entra en un contexto moral, fuera del cual no tendría sentido esa denuncia. Cuando el marxismo exalta el valor del trabajo, está hablando de algo que no puede fundamentar, ya que para ello hay que reconocer la dignidad de la persona, basada en su alma espiritual e inmortal. Es injusto “cosificar” a la persona, pero solamente si la persona no es una cosa, una realidad puramente material. Pero para el marxismo las alienaciones no tienen una causa moral; son escalones necesarios de la cadena materialista dialéctica.

Supongamos que la alienación se produzca del modo y por las causas que señala el marxismo. En ese caso, siempre podrá producirse de nuevo, si ya se produjo una vez. Y la propiedad colectivizada no escaparía a ese riesgo. De hecho las dificultades económicas de los regímenes marxistas han sido muy grandes, por limitar la libertad, la iniciativa privada y la propiedad.

El marxismo ha propugnado una revolución radical, que elimine a la burguesía, establezca la dictadura del proletariado y abra el paso a la sociedad comunista sin clases. Todo ello ¿es resultado de la necesidad de las fuerzas económicas o de una resuelta voluntad revolucionaria? Aunque en el fondo hay una contradicción no resuelta entre una u otra causa, el marxismo revolucionario habla de la necesidad, dialéctica, para infundir seguridad; y de la iniciativa voluntaria, para acelerar la “revolución necesaria”. El factor decisivo no será ya el proletariado amorfo de Marx, sino el partido comunista, una élite de “revolucionarios profesionales” (Lenin), que constituyen la ‘‘vanguardia del proletariado’’.

La revolución marxista sería un resultado necesario de la dialéctica materialista. A la tesis (burguesía) sigue la antítesis (revolución y dictadura del proletariado) y después la síntesis (sociedad comunista sin clases). Si ello fuera así, ¿cómo es posible una sociedad definitiva, que no esté sujeta a nuevas alienaciones y no requiera de nuevas revoluciones? La revolución definitiva, si la hay, es antidialéctica.

El proletariado no encaja en una dialéctica de contradicción. No es una negación total y universal, sino una particular clase social. Su dictadura no es la supresión universal de la alienación, sino sólo una dominación particular (del partido comunista), con tremendas posibilidades de corrupción: si el poder corrompe, el poder absoluto puede corromper absolutamente (Lord Acton).

La prometida desaparición del Estado, en la definitiva sociedad comunista, es una utopía. ¿Cómo puede subsistir una sociedad, si nadie la gobierna?

La sociedad comunista, si está dentro de la historia, está sometida también a la dialéctica, y en ella las contradicciones (alienaciones y revoluciones) han de renovarse una y otra vez. A menos que la prometida sociedad comunista esté fuera de la historia y no sea más que un mito creado por la fantasía humana. Así se presenta, con caracteres utópicos, el paraíso materialista: con plenitud total del hombre, libertad sin límites, plena armonía social, hombre desalienado y sin limitaciones, concordia absoluta entre la cultura y la naturaleza, etc.

El materialismo dialéctico y el materialismo histórico chocan de frente en sus afirmaciones, cuando se llega a la futura sociedad comunista sin clases: si la dialéctica es la ley de lo real histórico, el comunismo es imposible; si el comunismo es posible (y necesario), la dialéctica no es la estructura de la realidad, pues queda abolida por el comunismo (Ibañez Langlois).

El marxismo revisionista ha rebajado las pretensiones del futuro paraíso sin clases, así como la necesidad de la revolución. Se limita a postular un igualitarismo económico y social, teñido de materialismo; y siempre parcial e insuficiente para llenar las más profundas aspiraciones humanas.

El marxismo más consecuente y radical promete un paraíso terrenal materialista que es claramente utópico. Plantea preguntas a las que es incapaz de responder, e inquietudes que no puede satisfacer. Conduce, en el fondo, hacia algo que sea trascendente, más allá del materialismo dialéctico e histórico.

Para dar valor a este mundo no hace falta prometer falsos paraísos. El cristiano, que sabe que la felicidad verdadera se encuentra sólo en la vida eterna, da toda su importancia a la vida terrena. Ya que de nuestro comportamiento en este mundo depende nuestro destino eterno.

Bibliografía
­    IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 233-320.
­    MCFADDEN; op. cit., págs 171-207, 359-389.
­    SHEED; op. cit., págs. 143-149.
­    WETTER; LEONHARD; op. cit., págs. 277-328, 485-621.
­    OCARIZ; op. cit., págs. 86-101, 177-182.
­    GARCÍA DE HARO, RAMÓN; Karl Marx: El Capital. EMESA. Madrid, 1977, págs. 5-31.
­    PIETTRE; op. cit., págs. 75-135, 140-159, 193-287.
­    CALVEZ; op. cit., págs. 262-369, 499-583, 622-625.

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