VII. La descomposición del marxismo teórico



Sumario. Comunismo ortodoxo y revisionismo. El marxismo  en los países occidentales: Francia, Italia, Alemania. El eurocomunismo. Los socialismos democráticos.

Muy pronto el comunismo sufrió escisiones y revisiones. El marxismo más radical ha sido siempre el revolucionario, el comunismo. Junto él se desarrollaron los movimientos socialdemócratas o simplemente socialistas. Un representante temprano del revisionismo marxista fue Bernstein (1850-1932), artífice del socialismo democrático alemán, quien negó la necesidad de la revolución.

El marxismo ortodoxo vino representado por Lenín (1870-1924), quien se dio cuenta de que era imposible que el proletariado como tal hiciese la revolución. Ésta será asumida por el partido comunista, “vanguardia del proletariado”, constituido por intelectuales y agitadores políticos. De ese modo la dictadura del proletariado pasará a ser la dictadura del partido. Tiene la paternidad de la teoría del imperialismo, como la última fase del capitalismo. Su visión del conocimiento humano es netamente materialista: lo que se llama conocimiento intelectual es simplemente la copia o reflejo material de las cosas sensibles. Lenín será también quien formule la dos etapas sucesivas de la táctica y de la estrategia de la revolución

En China Mao-Tsé-Tung (1893-1976) desarrolló un marxismo sin diferencias teóricas con los soviéticos. Hay sólo diferencias tácticas, políticas y nacionalistas. Es un divulgador de los principios marxistas, aplicados a sus propias circunstancias políticas. En los países occidentales  se llamó maoísmo a determinados movimientos revolucionarios y semianárquicos.

Dentro de la órbita soviética el húngaro Lukács (1885-1971) acentuó en el marxismo la dialéctica hegeliana y la importancia de la praxis, dejando un tanto de lado el materialismo. A la par que denuncia la cosificación del hombre en la sociedad, preconiza un marxismo más humano. La línea oficial soviética le obligó a rectificar algunas de sus tesis.

En los países occidentales, no sujetos al poderío de regímenes comunistas, el marxismo experimentó una disgregación profunda y compleja. Partiendo de los puntos capitales de Marx (ateísmo, materialismo, dialéctica), se llevan a cabo planteamientos políticos diferentes del leninismo. Se busca un marxismo más humanista, con el rechazo de algunos medios violentos, y con predominio de la cultura y de la subjetividad en el conocimiento humano.

En Francia Lefevre  se ocupó de aspectos sociológicos del marxismo, con independencia del comunismo oficial. Althusser, ex-católico, desarrolla una crítica a Marx, desde dentro del marxismo, acentuando la dialéctica: el marxismo no es un humanismo, sino una ciencia. Merleau-Ponty (1908-1961) es un existencialista ateo, cuya absoluto relativismo le permite justificar las diversas realizaciones prácticas del marxismo. Sartre (1905-1980), también existencialista ateo, concede un mayor relieve al individuo singular, a la vez que asume el colectivismo y el historicismo dialéctico. Roger Garaudy es una figura cuyo pensamiento evolucionó notablemente, pues pasó de un marxismo estalinista rígido y militante a un decidido revisionismo, que le valió la expulsión del partido comunista. En esta nueva fase abandonó el materialismo histórico y la lucha de clases como impulsora de la violencia revolucionaria, así como al protagonismo del partido comunista. Aspira a una mayor consideración de la subjetividad y de la iniciativa humana, se apoya más en el progreso tecnológico que en la dialéctica, y tiende puentes hacia el diálogo entre marxistas y cristianos.

En Italia destaca Gramsci (1891-1937) que considera la sociedad como un conjunto de relaciones culturales, no económicas. La revolución deberá ser una conquista ideológica y cultural: a través de los medios de comunicación, de la escuela, etc. El enemigo no es el capitalismo, sino el fascismo (entendiendo por tal todo pensamiento y moral opuestos al marxismo).

En Alemania Bloch (de origen hebreo, caído después en el ateísmo) desarrolla un marxismo esotérico, como utopía de la esperanza (escatología terrena). Lleva a cabo una lectura revolucionaria de la Biblia, a la vez que propicia el diálogo entre marxistas y cristianos. También en este país, desde 1923 prospera la llamada Escuela de Frankfort, cuyos miembros desarrollan estudios de Sociología. Entre ellos figuran Horkheimer y Adorno. Esta escuela está profundamente influida por el materialismo histórico de Marx y el pansexualismo de Freud. Marcuse, quien influyó notablemente en los movimientos revolucionarios de la década de 1960, propugna que para el hombre ser es luchar por el placer sexual, que se haría pleno en el “reino de la libertad comunista”. La meta es la satisfacción de instintos animales. Erich Fromm, quien contribuyó en los Estados Unidos al desarrollo del psicoanálisis culturalista norteamericano, a través de sus estudios de psicoanálisis, economía y sociología, es un divulgador de Marx y de Freud. Propugna un humanismo radical, usurpando elementos de la religión y criticando a ésta, con un enfoque netamente hedonista. Antes, alrededor de los años 20, Tillich y otros teólogos protestantes habían presentado al cristianismo como un socialismo religioso.

Por un corto tiempo se presentó en Italia, Francia, España y otros países el fenómeno denominado eurocomunismo, que apelaba  a los escritos juveniles de Marx y a las obras de Gramsci. La revolución debía hacerse en el nivel ideológico, cultural y moral. Los procedimientos debían ser de carácter democrático, siguiendo la vía democrática al poder, y alardeando siempre de su independencia con respecto a Moscú.

Los diversos socialismos que han prosperando y prosperan en numerosos países proceden en su mayoría del revisionismo marxista. Con mucha frecuencia presentan como rasgos característicos el reduccionismo materialista, el positivismo jurídico, la mentalidad colectivista, las limitaciones a la iniciativa privada en la economía y en la educación, el carácter beligerantemente antirreligioso.

La reiterada permanencia del marxismo puede explicarse en parte por la persistencia de las injusticias sociales, frente a las cuales representa una airada protesta y un intento de radicales soluciones. En parte también por un fuerte impulso durante muchos años por los regímenes comunistas. Hay también un influjo profundo de índole moral, la misteriosa atracción de una doctrina atea, el vértigo de la pseudo-divinización del hombre. El constitutivo más profundo del marxismo es el ateísmo: se niega y combate a Dios para que el hombre sea el ser supremo. En la Encíclica Divini Redemptoris de Pío XI se afirma que el marxismo es la máxima negación institucional de Dios que ha habido en la historia. Se intenta una divinización del hombre, de la naturaleza y de la historia. Se ignora voluntariamente el pecado, como la raíz más profunda de los males que afectan al hombre. Se rechaza toda salvación que venga de Dios, que viene sustituida por la utopía de la sociedad comunista a través de la lucha de clases. Es la absolutización del hombre como esencia social, y su divinización como autocreador, autorredentor y autobeatificante, como principio y fin de sí mismo. Hay una caída profunda: la vida sobrenatural del cristiano no es ya ni siquiera una vida ética humanamente recta sino una vida reducida solamente a requerimientos materiales.

Bibliografía
-OCARIZ; op. cit., págs. 182-207.
-SPIEKER,MANFRED; Los herejes de Marx. EUNSA. Pamplona, 1977, págs. 29-253.
-GÓMEZ PÉREZ; op. cit., págs. 217-313.     
-PIETTRE; op. cit., págs. 287-339.
-SHEED; op. cit., págs. 67-109.             
-GARCÍA DE HARO; op. cit., págs. 183-219.   
-CALVEZ; op. cit., págs. 622-644.                      

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